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Ciencia y Pseudociencia

Phillip Johnson, Doctor en Jurisprudencia

Karl Popper proporciona el indispensable punto de partida para comprender la diferencia entre ciencia y pseudociencia. Popper pasó sus años de formación en la Viena de principios del siglo veinte, donde la vida intelectual estaba dominada por ideologías basadas en la ciencia, como el marxismo y las escuelas psicoanalíticas de Freud y Adler. Éstas eran ampliamente aceptadas como ramas legítimas de la ciencia natural, y atraían un gran cortejo de seguidores de entre los intelectuales, porque parecían tener un poder explicativo tan enorme. La aceptación del marxismo o del psicoanálisis tenía, como observó Popper,

«el efecto de una conversión o revelación intelectual, que abría tus ojos a una nueva verdad oculta a los no todavía iniciados. Cuando se te abrían los ojos de esta manera veías ejemplos confirmatorios en todas partes; el mundo estaba lleno de verificaciones de la teoría. Todo lo que sucedía siempre la confirmaba. Así, su veracidad se hacía patente; y los incrédulos eran evidentemente personas que no querían ver la verdad manifiesta; que rehusaban verla, bien porque iba en contra de su interés de clase, o bien debido a sus represiones, que seguían «no analizadas» y que clamaban por ser tratadas. … Un marxista no podía abrir un diario sin encontrar en cada página una prueba confirmatoria de su interpretación de la historia; no sólo en las noticias, sino también en su presentación —que revelaba el prejuicio de clase del diario— y especialmente, claro, en lo que el diario no decía. El análisis freudiano destacaba que sus teorías resultaban constantemente verificadas por sus «observaciones clínicas».

Popper se dio cuenta de que una teoría que parece explicarlo todo en realidad no explica nada. Si los salarios disminuían era porque los capitalistas estaban explotando a los obreros, como Marx predecía que lo harían, y si los sueldos se elevaban era porque los capitalistas estaban intentando salvar un sistema podrido mediante unos sobornos, que era también lo que el marxismo predecía. Un psicoanalista podría explicar por qué un hombre cometería un asesinato — o, con la misma facilidad, por qué el mismo hombre sacrificaría su propia vida para salvar la de otro. Pero según Popper, una teoría con una capacidad explicativa genuina hace predicciones arriesgadas que excluyen la mayor parte de posibles resultados. El éxito en la predicción es impactante sólo hasta donde el fracaso sea una verdadera posibilidad.

Popper quedó impresionado por el contraste entre la metodología de Marx o Freud por una parte, y de Albert Einstein por la otra. Einstein expuso casi temerariamente su Teoría General de la Relatividad a la falsación prediciendo el resultado de un osado experimento. Si el resultado hubiese sido diferente del predicho, la teoría habría quedado desacreditada. En contraste, los freudianos buscaban sólo ejemplos confirmatorios, y formulaban su teoría de manera tan flexible que todo contaba como confirmación. Marx sí hizo predicciones específicas —acerca de las inevitables crisis del capitalismo, por ejemplo—; pero cuando los predichos acontecimientos no se materializaron, sus seguidores respondieron modificando la teoría, de modo que siguiese «explicando» todo lo que sucedía.

Popper emprendió responder no sólo a la cuestión específica de por qué el método científico de Einstein difería de la pseudociencia de Marx y de Freud, sino también a la cuestión más general de qué es «ciencia» y en qué difiere de la filosofía o de la religión. El modelo aceptado, descrito por vez primera por Francis Bacon, concebía la ciencia como un ejercicio de inducción. Se creía que los científicos formulaban teorías para explicar datos preexistentes, y que verificaban sus teorías acumulando evidencias adicionales confirmatorias. Pero los filósofos escépticos —especialmente David Hume— habían puesto en tela de juicio que una serie de observaciones objetivas pudiesen realmente establecer la validez de una ley general. Un suceso puede seguir a otro una y otra vez en nuestra experiencia inevitablemente limitada, pero siempre hay la posibilidad de que adicionales observaciones revelarán excepciones de refuten la norma. No se trataba de una mera posibilidad teórica: los científicos se habían quedado aturdidos al ver como se derrumbaba el edificio aparentemente invulnerable de la física newtoniana cuando técnicas modernas hicieron posible hacer nuevas clases de observaciones.

La validez de la inducción como base para la ciencia no era sólo filosóficamente insegura, sino que era también inexacta, porque los científicos no trabajan como prescribe el modelo inductivo. En la práctica científica, la teoría normalmente precede al experimento o al proceso de recolección de datos, y no al revés. En palabras de Popper, «la observación es siempre selectiva. Necesita un objeto escogido, una tarea definida, un interés, un punto de vista, un problema». Carentes de teoría, los científicos no sabrían cómo diseñar experimentos, ni dónde buscar los datos importantes.

La inspirada contribución de Popper fue descartar el modelo inductivo y describir la ciencia como comenzando en una conjetura imaginativa o incluso mitológica acerca del mundo. La conjetura puede ser falsa en todo o en parte, pero da un punto de partida para la investigación cuando se enuncia con una claridad suficiente para poder ser sometida a crítica. El progreso no se consigue investigando el mundo en busca de ejemplos confirmatorios, que siempre se pueden encontrar, sino buscando la evidencia falsadora que revela la necesidad de una nueva y mejor explicación.

Popper expresó el punto esencial en un maravilloso aforismo: «La perspectiva errónea de la ciencia se descubre por su avidez de ser verdadera». En algunos casos, esta avidez proviene del orgullo del descubridor, que defiende una teoría con todos los artificios a su disposición porque está en juego su reputación profesional. Para los marxistas y freudianos, su avidez provenía de la sensación de seguridad que habían conseguido al poseer una teoría que parecía dar sentido al mundo. Las personas basan sus carreras y sus vidas personales en teorías así, y se sienten personalmente amenazadas cuando la teoría es atacada. El temor lleva a estas personas a aceptar sin sentido crítico cualquier artificio que preserve a la teoría de la falsación.

Popper propuso el criterio de la falsación como ensayo para distinguir la ciencia de otras actividades intelectuales, entre las que incluyó la pseudociencia y la metafísica. Estos términos han causado alguna confusión, porque en lenguaje ordinario identificamos «ciencia» como el estudio de un tipo determinado de materia, como la física o la biología, en contraste con (digamos) la historia o la literatura. La lógica de Popper implica que la posición científica de una teoría depende menos de su campo de estudio que de la actitud de sus seguidores hacia la crítica. Un físico o un biólogo pueden ser dogmáticos o evasivos, mientras que un historiador o un crítico literario pueden expresar las implicaciones de una tesis de una manera tan llana que se invita a la presentación de ejemplos refutadores. La metodología científica existe allá donde las teorías son sujetas a una prueba empírica rigurosa, y está ausente allí donde la práctica es proteger una teoría en lugar de someterla a ensayo.

La «metafísica» —un término muy general mediante el que Popper designaba a todas las teorías que no son susceptibles de prueba empírica— es también una categoría equívoca. Muchos lectores dieron por supuesto que Popper implicaba que metafísica equivale a disparate. Esta era la opinión de una escuela filosófica influyente llamada «positivismo lógico», con la que a veces fue incorrectamente identificado Popper. Los positivistas lógicos intentaban juzgar todo pensamiento por medio de criterios científicos, y con este fin clasificaban las declaraciones como significativas sólo hasta donde pudiesen ser verificadas. Una declaración inverificable, como que «el adulterio es inmoral», era o bien un ruido carente de significado, o una mera expresión de opinión personal.

Popper se opuso intensamente al positivismo lógico, porque se dio cuenta que si se descartaba toda metafísica como carente de significado se haría imposible todo conocimiento, incluyendo el conocimiento científico. Las declaraciones universales, como las leyes científicas muy generales, no son susceptibles de verificación. (¿Cómo podríamos verificar que la entropía siempre aumenta en el cosmos como un todo?) Además, Popper creía que es de la metafísica —es decir, de las conjeturas imaginativas acerca del mundo— que ha surgido la ciencia. Por ejemplo, la astronomía tiene una gran deuda con la astrología y la mitología. El propósito de la investigación científica no es rechazar de entrada las doctrinas metafísicas, sino intentar allí donde sea posible transformarlas en teorías que se puedan someter a prueba empírica.

Popper insistía en que las doctrinas metafísicas son frecuentemente significativas e importantes. Aunque no puedan ser ensayadas científicamente, sí pueden ser sometidas a crítica y se pueden dar razones para preferir una opinión metafísica a otra. Popper incluso concedió que pseudocientíficos como Freud y Adler habían aportado valiosos puntos de conocimiento que podrían algún día tener su papel en una genuina ciencia de la psicología. Su crítica no era que sus teorías fuesen disparates, sino sencillamente que se engañaban al creer que podrían verificar aquellas teorías mediante casos clínicos que siempre les permitían encontrar lo que esperaban encontrar.

Debido a todas estas complicaciones, el criterio de falsación no diferencia de manera necesaria a la ciencia natural de otras formas válidas de actividad intelectual. La contribución de Popper no fue la de imponer una frontera alrededor de la ciencia, sino hacer unas observaciones generalmente ignoradas acerca de la integridad intelectual que tienen igual importancia para los científicos como para los no científicos. Nos dice que no debemos tener temor a cometer errores, que no debemos encubrir los errores que hayamos cometido, y que no debemos refugiarnos en la falsa seguridad que procede de tener una perspectiva del mundo que explica las cosas con demasiada facilidad.

¿Qué tal le va al darwinismo si juzgamos las prácticas de los darwinistas mediante las máximas de Popper? Darwin fue relativamente sincero al reconocer que no era fácil conciliar la evidencia con su teoría en varios asuntos importantes, pero al final hizo frente a cada dificultad con una solución retórica. Describió El Origen de las Especies como «un largo argumento», y el punto focal del argumento era que la tesis de la descendencia común era tan lógicamente atrayente que no había necesidad de una prueba empírica rigurosa. No propuso ningunos atrevidos ensayos experimentales, y por ello inició su ciencia por el mal camino. Darwin mismo estableció la tradición de soslayar el registro fósil con hábiles justificaciones, de citar la crianza selectiva como prueba sin reconocer sus limitaciones, y de difuminar la crítica distinción entre variaciones menores e innovaciones fundamentales.

El concepto central del darwinismo que posteriormente vino a ser llamado el «hecho de la evolución» —la descendencia con modificación— quedó así protegido desde el comienzo frente a la prueba empírica. Darwin sí dejó abiertas algunas importantes cuestiones, incluyendo la importancia relativa de la selección natural como mecanismo de cambio. Los argumentos resultantes acerca de este proceso, que siguen hasta el día de hoy, distrajeron la atención acerca de que el crucial concepto central se había transformado en un dogma.

El concepto central es crucial porque no hay una verdadera distinción entre el «hecho» de la evolución y la teoría de Darwin. Cuando proponemos que los grupos discontinuos del mundo viviente estuvieron unidos en el pasado remoto en los cuerpos de antepasados comunes, estamos implicando mucho acerca del proceso mediante el que los antecesores adoptaron nuevas formas y desarrollaron nuevos órganos. Los antecesores dan nacimiento a descendientes por el mismo proceso reproductivo que observamos en la actualidad, extendido a lo largo de millones de años. Semejante engendra semejante, y de este modo este proceso sólo puede producir transformaciones cruciales mediante la acumulación de las pequeñas diferencias que distinguen a la descendencia de sus padres. También ha de estar involucrada alguna fuerza para formar los órganos complejos en pequeños pasos, y esta fuerza sólo puede ser la selección natural. Puede que haya argumentos acerca de los detalles, pero todos los elementos básicos del darwinismo están implicados en el concepto de la ascendencia ancestral.

Sólo podemos especular acerca de los motivos que condujeron a los científicos a aceptar de manera tan carente de sentido crítico este concepto de antepasados comunes. El triunfo del darwinismo contribuyó claramente a un ascenso en el prestigio de los científicos profesionales, y la idea del progreso automático se apoderó tanto del espíritu del siglo que, sorprendentemente, la teoría se atrajo incluso un gran respaldo de parte de líderes religiosos. En todo caso, los científicos aceptaron la teoría antes que fuese ensayada con rigor, y después emplearon toda su autoridad para convencer al público de que los procesos naturalistas son suficientes para producir un hombre a partir de una bacteria, y una bacteria de una mezcla de productos químicos. La ciencia evolucionista vino a ser la búsqueda de pruebas confirmatorias y la hábil explicación de las pruebas contrarias.

El descenso a pseudociencia se consumó con el triunfo de la síntesis neodarwinista, y tuvo su apoteosis en la celebración del centenario de la publicación de El Origen de las Especies en 1959 en Chicago. Para este tiempo, el darwinismo no era meramente una teoría biológica, sino el elemento más importante en la religión del naturalismo científico, con su propio programa ético y plan de salvación por medio de ingeniería social y genética. Julian Huxley fue el orador más respetado en Chicago, y su triunfalismo no conocía freno:

Los historiadores del futuro tomarán quizá esta Semana del Centenario como epítome de un importante y crítico período en la historia de esta nuestra tierra — el período en el que el proceso de la evolución, en la persona del hombre indagador, comenzó a ser verdaderamente consciente de sí mismo.… Ésta es una de las primeras ocasiones públicas en las que se ha afrontado con franqueza que todos los aspectos de la realidad están sometidos a la evolución, desde los átomos y las estrellas hasta los peces y las flores, desde los peces y las flores hasta las sociedades humanas y sus valores —de cierto, que toda la realidad es un único proceso de evolución.…
En la pauta evolutiva de pensamiento ya no hay más necesidad de lo sobrenatural. La tierra no fue creada, evolucionó. Lo mismo sucedió con todos los animales y plantas que moran en ella, incluyéndonos a los humanos, mente y alma así como cerebro y cuerpo. Así sucedió con la religión.…
Finalmente, la visión evolucionista nos capacita para discernir, aunque imperfectamente, las líneas de la nueva religión que, podemos estar seguros, surgirá para servir a las necesidades de la era venidera.

Estas proposiciones, naturalmente, van mucho más allá de nada que pueda ser demostrado por la ciencia empírica, y, para sustentar esta visión del mundo, los darwinistas tuvieron que recurrir a todas las tácticas que Popper había advertido que tenían que ser evitadas por los buscadores de la verdad. Su instrumento más importante es su engañoso uso del vago término «evolución».

En su uso darwinista, «evolución» implica un sistema metafísico totalmente naturalista, en el que la materia evolucionó hasta su estado presente de complejidad organizada sin participación alguna de un Creador. Pero «evolución» se refiere también a conceptos mucho más modestos, como la microevolución y las relaciones biológicas. La tendencia de las polillas oscuras a preponderar en una población cuando los árboles del fondo son oscuros demuestra así la evolución —y demuestra también, por transformación semántica, la descendencia naturalista de los seres humanos de las bacterias.

Si los críticos son lo suficientemente sofisticados para ver que las variaciones en poblaciones no tienen nada que ver con las transformaciones fundamentales, los darwinistas pueden abandonar el argumento de la microevolución y señalar a la relación como el «hecho de la evolución». O pueden pasar a la biogeografía y señalar que las especies en las islas se parecen estrechamente a las de la costa cercana. Por cuanto «evolución» significa tantas cosas diferentes, prácticamente cualquier ejemplo será de utilidad. El truco es siempre demostrar uno de los sentidos modestos del término, y tratarlo como prueba del sistema metafísico entero.

La manipulación de la terminología permite también que la selección natural aparezca y desaparezca a voluntad. Cuando no hay críticos inamistosos alrededor, los darwinistas pueden simplemente dar por supuesto el poder creativo de la selección natural y emplearlo para explicar todo cambio o falta de cambio que se haya observado. Cuando aparecen los críticos y piden confirmación empírica, los darwinistas pueden evitar la prueba respondiendo que los científicos están descubriendo mecanismos alternativos, en particular a nivel molecular, que relegan la selección a un papel menos importante. Por tanto, el hecho de la evolución permanece incontestable, aunque pueda haber una cierta medida de sano debate acerca de la teoría. Una vez ha quedado distraída la atención de los críticos, el Relojero Ciego puede volver a entrar por la puerta trasera. Los darwinistas explicarán que ningún biólogo duda de la importancia de la selección darwinista, porque no había nada más a disposición para conformar los rasgos adaptativos de los fenotipos.

Cuando no se pueden ignorar totalmente los datos contrarios, se contrarrestan con hipótesis ad hoc. El libro de texto de Futuyma les dice a los estudiantes universitarios que «Darwin, más que nadie, extendió a los seres vivientes … la conclusión de que el orden natural es la mutabilidad, no la estasis». Sí, eso hizo, y la consecuencia fue que los paleontólogos pasaron por alto el predominio de la estasis en el registro fósil. Y la estasis no podía llegar a hacerse pública, hasta que fue disfrazada como evidencia de «equilibrio puntuado», lo que al principio sonaba a nueva teoría pero que luego resultó ser una variante poco importante del darwinismo. Los darwinistas pueden también justificar la estasis como un efecto de selección estabilizadora, o de limitaciones al desarrollo, o de evolución en mosaico —y de esta manera, igual que la mutabilidad, es precisamente lo que un darwinista esperaría encontrar.

Los darwinistas encuentran a veces prueba confirmatoria, lo mismo que los marxistas encontraban a capitalistas explotando a trabajadores, y que los freudianos que analizaban a pacientes que decían que querían asesinar a sus padres y casarse con sus madres. Encuentran casos adicionales de microevolución o ejemplos adicionales de relaciones naturales, o un grupo fósil que pudiera haber contenido un antecesor de mamíferos modernos. Lo que nunca encuentran es datos que contradigan la tesis de la descendencia común, porque para los darwinistas esta evidencia no puede existir. El «hecho de la evolución» es cierto por definición, de modo que la información contraria carece de interés y generalmente no se publica.

Si los darwinistas quisieran adoptar las normas de Popper, para la indagación científica, habrían tenido que definir la tesis de la ascendencia común como hipótesis empírica, y no como una consecuencia lógica del hecho de la relación. El patrón de las relaciones biológicas —incluyendo el código genético universal— implica desde luego un elemento común, lo que significa sólo que es improbable que la vida evolucionase por azar en muchas ocasiones diferentes. Las relaciones pueden deberse a antepasados comunes, o a predecesores que fuesen transformados por otros medios que la acumulación de pequeñas diferencias, o mediante algún proceso totalmente fuera del alcance de la ciencia. La descendencia común es una hipótesis, no un hecho, por mucho que atraiga al sentido común del materialista. Como hipótesis merece nuestra más respetuosa atención, lo que, en términos de Popper, significa que deberíamos someterla a un riguroso ensayo.

Haríamos esto prediciendo lo que sería de esperar que se encontrase si la hipótesis de la descendencia común fuese cierta. Hasta ahora, los darwinistas sólo han buscado confirmaciones. Los resultados demuestran cuánta razón tenía Popper al advertir que «las confirmaciones sólo deberían contar si son resultado de predicciones arriesgadas». Si Darwin hubiese hecho predicciones arriesgadas acerca de lo que el registro fósil iba a mostrar después de un siglo de exploración, no habría predicho que un sólo «grupo ancestral» como los terápsidos y un mosaico como el Archaeopteryx serían prácticamente la única evidencia para la macroevolución. Pero debido a que los darwinistas buscan sólo confirmaciones, estas excepciones les parecen a ellos pruebas. Los darwinistas no predijeron la extremada regularidad de las relaciones moleculares a las que ahora llaman el reloj molecular, pero este fenómeno vino a ser «precisamente lo que la teoría evolucionista predeciría» —después que la teoría fue sustancialmente modificada para acomodar la nueva evidencia.

Cuando se procede a analizarlos mediante los principios de Popper, los ejemplos que los darwinistas citan como confirmación parecen más una falsación. No hay necesidad, sin embargo, de apremiar ahora a un veredicto. Si los darwinistas fuesen a volver a formular la ascendencia común como una hipótesis científica y a animar a una investigación de evidencia refutadora, vendrían datos adicionales. El juicio definitivo sobre el darwinismo puede ser dejado tranquilamente al proceso deliberativo de la comunidad científica —una vez esta comunidad haya demostrado su buena disposición a investigar el tema sin prejuicios.

Sin embargo, el prejuicio es un problema capital, porque los líderes de la ciencia se consideran enfrentados en una desesperada batalla contra los fundamentalistas religiosos, una etiqueta que ellos suelen aplicar ampliamente a cualquiera que crea en un Creador que juega un papel activo en los asuntos del mundo. Estos fundamentalistas son considerados como una amenaza para la libertad desde la perspectiva liberal, y especialmente como una amenaza a la financiación pública de la investigación científica. El darwinismo, como mito creacional del naturalismo científico, juega un papel indispensable en la guerra contra el fundamentalismo. Por esta razón, las organizaciones científicas están dedicadas a proteger el darwinismo en lugar de a ponerlo a prueba, y las reglas de la investigación han sido formuladas para ayudarlos a triunfar.

Si el propósito del darwinismo es el de persuadir al público a que crea que no hay ninguna inteligencia llena de propósito que trasciende al mundo natural, entonces este propósito implica dos importantes limitaciones sobre la indagación científica. Primero, no se les permite a los científicos considerar todas las posibilidades, sino que se han de restringir a las que sean consecuentes con un naturalismo filosófico estricto. Por ejemplo, no pueden estudiar la información genética con la suposición de que pueda ser producto de una comunicación inteligente. Segundo, los científicos no pueden refutar un elemento del darwinismo, como el poder creativo de la selección natural, hasta allí donde y excepto que puedan dar un sustituto aceptable. Esta regla es necesaria porque los abogados del naturalismo necesitan en todo momento tener una teoría completa a su disposición para impedir que ninguna filosofía rival establezca una cabeza de puente.

Los darwinistas adoptaron una perspectiva falsa de la ciencia porque estaban infectados por el ansia de estar en lo cierto. Sus colegas científicos les han permitido salirse con prácticas pseudocientíficas principalmente porque la mayoría de los científicos no entienden que hay una diferencia entre el método científico de indagación, tal como lo articuló Popper, y el programa filosófico del naturalismo científico. Una razón de que no se sientan inclinados a reconocer la diferencia es que temen el crecimiento del fanatismo religioso si se debilita el poder de la filosofía naturalista. Pero siempre que la ciencia se moviliza en defensa de cualquier otra causa —religiosa, política o racista—, el resultado es que los científicos mismos se vuelven fanáticos. Los científicos ven esto con claridad cuando piensan en los errores de sus predecesores, pero encuentran difícil creer que sus colegas puedan estar hoy cometiendo los mismos errores.

Exponer el darwinismo a una posible falsación no implicaría el apoyo a ninguna otra teoría, y desde luego no a ninguna teoría pseudocientífica basada en un dogma religioso. La aceptación del desafío de Popper significa sencillamente dar el primer paso hacia el entendimiento: reconocer la ignorancia. La falsación no es una derrota para la ciencia, sino una liberación. Elimina el peso muerto de los prejuicios, y con ello nos libera para buscar la verdad.

Agradecimientos: 

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