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El Problema de los Fósiles

Phillip Johnson, Doctor en Jurisprudencia

En la actualidad está muy extendida la suposición de que la existencia de restos fósiles de numerosas especies extinguidas implica necesariamente una evolución, y la mayoría de la gente no es sabedora de que los opositores más temibles de Darwin no fueron los clérigos, sino los expertos en los fósiles. A principios del siglo diecinueve, la teoría geológica dominante era el «catastrofismo» propuesto por el gran científico francés Cuvier, el fundador de la paleontología. Cuvier creía que el registro geológico mostraba una pauta de acontecimientos cataclísmicos que involucraban extinciones en masa, y que habían sido seguidos por períodos de creación en los que habían aparecido nuevas formas de vida sin ninguna traza de desarrollo evolutivo.

En tiempos de Darwin, el catastrofismo de Cuvier estaba siendo suplantado por la geología uniformista propuesta por Charles Lyell, un amigo y mentor de Darwin, que explicaba los espectaculares rasgos de la naturaleza como resultado no de repentinos cataclismos, sino de la lenta operación de las fuerzas cotidianas a lo largo de inmensos lapsos de tiempo. Retrospectivamente, la teoría evolucionista darwinista parece casi una extensión inevitable de la lógica de Lyell, pero Lyell mismo tuvo grandes dificultades para aceptar la evolución biológica, lo mismo que otras personas que estaban familiarizadas con la evidencia.

Cada una de las divisiones del mundo biológico (reinos, fílums o tipos, clases, órdenes), se observaba, estaba conformada en base a un plan estructural básico, con muy pocos tipos intermedios. ¿Dónde estaban los eslabones entre estos grupos discontinuos? La ausencia de los intermedios de transición era algo perturbador hasta para el leal partidario de Darwin, T. H. Huxley, que advirtió repetidas veces a Darwin en privado que una teoría consecuente con los hechos tendría que admitir algunos grandes saltos.

Darwin mismo se planteó la cuestión, preguntando:

¿por qué, si las especies han descendido de otras especies mediante gradaciones insensiblemente diminutas, no vemos en todas partes innumerables formas de transición? ¿Por qué no está toda la naturaleza en confusión, en lugar de estar las especies, como las vemos, bien definidas?

Respondió a esto con una teoría de la extinción que era la contrapartida lógica de «la supervivencia de los más aptos». La aparición de una forma mejorada implica una desventaja para su forma progenitora. Así, «si contemplamos a cada especie como descendida de otra forma desconocida, tanto la progenitora como todas las formas de transición serán generalmente exterminada por el mismo proceso de formación y perfección de la nueva forma». Este exterminio por obsolescencia implica que las apariciones serán contra una teoría de evolución en nuestro mundo de lo viviente, porque vemos especies estables y distinguibles (y grupos mayores), con sólo raras formas intermedias. Los eslabones que existieron entre los grupos discontinuos se han desvanecido debido a la inadaptación.

Pero, ¿qué sucede si los necesarios eslabones están ausentes no sólo del mundo de lo viviente, sino también del registro fósil del pasado? Darwin reconoció que su teoría implicaba que «la cantidad de eslabones intermedios y de transición entre todas las especies vivas y extinguidas ha de haber sido inconcebiblemente grande». Uno supondría que los geólogos estarían continuamente descubriendo evidencia fósil de formas de transición. Pero es evidente que no es así. Lo que los geólogos descubrieron fue especies y grupos de especies que aparecieron súbitamente, y no al final de una cadena de eslabones evolutivos. Darwin concedió que el estado de la evidencia fósil era «la objeción más evidente y de peso que se puede apremiar contra mi teoría», y que explicaba que «todos los más eminentes paleontólogos … y todos nuestros más grandes geólogos … han mantenido, a veces de manera vehemente, la inmutabilidad de las especies».

Darwin argumentó de manera elocuente que el problema de los fósiles, aunque ciertamente grave, no era fatal para su teoría. Su argumento principal fue que el registro fósil es extremadamente imperfecto. Los fósiles se preservan sólo en circunstancias especiales, y por ello las varias capas fósiles del mundo reflejan probablemente no un registro continuo, sino más bien imágenes de períodos relativamente breves separados entre sí por amplios intervalos de tiempo. Además, podríamos dejar de reconocer las relaciones antecesor-descendiente en los fósiles incluso si estuviesen presentes. Excepto si tuviésemos todos los eslabones intermedios para ver las relaciones entre ellos, las dos formas podrían parecernos totalmente distintas. En ocasiones, Darwin parecía incluso implicar que la ausencia de las transiciones era en sí misma una demostración de lo imperfecto del registro, como sucedería si se tuviese un conocimiento a priori de que su teoría era cierta:

No pretendo que jamás habría sospechado cuán pobre registro de las mutaciones de la vida presentaba la sección geológica mejor presentada, si la dificultad de no descubrir innumerables eslabones de transición entre las especies que aparecieron al comienzo y fin de cada formación no gravitase tan duramente sobre mi teoría.

Darwin hizo con el problema de los fósiles lo mejor que le permitía la desalentadora realidad, pero a algunas preguntas tuvo que responder con franqueza que «no puedo dar una respuesta satisfactoria», y en ocasiones cuando escribe hay una insinuación de desesperación, como en las siguientes palabras: «Se puede casi decir que la naturaleza se ha guardado en contra del frecuente descubrimiento de sus formas de transición o enlace». Pero Darwin nunca perdió la fe en su teoría; la única perplejidad era cómo dar cuenta de los aspectos claramente engañosos del registro fósil.

Al llegar aquí le pido al lector que se detenga conmigo por un momento, y que considere qué habría tenido que pensar una persona sin prejuicios acerca de la controversia sobre la evolución en el período inmediatamente posterior a la publicación de El Origen de las Especies. Difícilmente podría atribuirse la oposición a la teoría de Darwin a prejuicios religiosos cuando entre los escépticos se incluían los principales paleontólogos y geólogos de la época. La defensa de Darwin de la teoría contra la evidencia fósil no era irrazonable, pero de esto debemos estar conscientes: fue una defensa. Es muy posible que las capas fósiles sean meras instantáneas de momentos en el tiempo geológico, con tiempo y espacio suficientes entre ellas para que en los vacíos hubiese mucha evolución. Con todo, una cosa es decir que hay discontinuidades, y otra muy distinta es pretender el derecho a llenar las discontinuidades con la evidencia necesaria para apoyar la teoría. Los argumentos de Darwin podían como máximo establecer que el problema de los fósiles no era irremediable; pero lo que no podían hacer era transformar en un punto positivo la ausencia de prueba corroboradora.

Pero había una manera de poner a prueba la teoría por medio de la evidencia fósil si Darwin y sus seguidores hubiesen querido. Darwin era enfático acerca de que la cantidad de intermedios de transición tiene que haber sido inmensa, incluso «inconcebible». Quizá la evidencia de su existencia no aparecía porque en 1859 sólo se habían investigado una pequeña parte de las capas fosilíferas del mundo y porque los exploradores no habían sabido qué buscar. Pero cuando los paleontólogos aceptasen el darwinismo como una hipótesis de trabajo y exploraran muchas nuevas capas fosilíferas en un esfuerzo por confirmar la teoría, la situación debería cambiar. Con el paso del tiempo se podría esperar que el registro fósil tuviese una apariencia muy diferente, y mucho más darwinista.

Pero la prueba no sería razonable para los escépticos excepto que sea posible que la teoría falle. Imaginemos, por ejemplo, que la creencia en la teoría de Darwin barriese el mundo científico con un poder tan irresistible que pronto llegase a ser una ortodoxia. Supongamos que la marea fuese tan irresistible que incluso el más prestigioso de los científicos —por ejemplo, Louis Agassiz de Harvard— se convirtiese en un instante en un don nadie por no unirse al movimiento. Supongamos que los estudios sobre fósiles se publicasen sólo si apoyasen la teoría, y fuesen descartados como fracasos si no ofreciesen prueba de cambio evolutivo. Como veremos, esto es lo que sucedió. El darwinismo pasó aparentemente la prueba del registro fósil, pero sólo porque no le dejaron que fallase.

La teoría de Darwin predecía no sólo que se hallarían las transiciones fósiles; implicaba que un registro fósil verdaderamente completo estaría compuesto mayormente de transiciones, y que lo que consideramos como especies fijas resultarían ser meras perspectivas arbitrarias en un proceso de cambio continuo. El darwinismo implicaba también una importante predicción acerca de la extinción, aquel corolario necesario de la lucha por la existencia. Darwin reconocía que su teoría demandaba una pauta de extinción aún más gradual que la de emergencia evolutiva:

El antiguo concepto de que todos los moradores de la tierra habían sido barridos en períodos sucesivos por cataclismos ha sido muy generalmente abandonado, incluso por aquellos geólogos … cuyas perspectivas generales les llevaría de natural a esta conclusión.… Hay razones para creer que la extinción completa de la especie de un grupo es por lo general un proceso más lento que su producción: si la aparición y desaparición de un grupo de especies se representa, como antes, mediante una línea vertical de grosor variable, se encuentra que la línea converge más gradualmente en su extremo superior, que indica el progreso de la extinción, que en su extremo final, que indica la primera aparición y multiplicación de la especie en cantidad. Pero en algunos casos, la extinción de grupos enteros de seres, como de los ammonites hacia el fin del período secundario, ha sido maravillosamente repentina.

Las extinciones continuas y graduales son una consecuencia necesaria de la suposición de que especies antecesoras están constantemente siendo suplantadas por descendientes mejor adaptados. Sin embargo, supongamos que se estuviese mostrando que ha tenido lugar una proporción sustancial de extinciones en el curso de unos pocos cataclismos de carácter global, como los que podrían ser causados por un cometa chocando con la tierra, o algún cambio repentino de temperatura. En estos cataclismos, la supervivencia no habría estado necesariamente relacionada con la aptitud en las circunstancias más normales, y podría haber sido enteramente aleatoria. Por ello, el darwinismo podría ser puesto a prueba no sólo por la búsqueda de especies de transición en capas fósiles recién descubiertas, sino también estudiando la pauta de extinciones para medir la importancia de los cataclismos.

La evolución triunfó durante la época de Darwin, aunque su oposición a los saltos siguió siendo polémica en los círculos científicos durante largo tiempo. El descubrimiento del Archaeopteryx —una antigua ave con algunos rasgos notablemente reptilianos— fue en sí misma una confirmación fósil suficiente para satisfacer a muchos. Después hubo aparentemente éxito tras éxito, con informes de antecesores humanos, de antiguos reptiles mamiferoides, una buena secuencia en la serie del caballo, etcétera. La paleontología se unió a la síntesis neodarwinista en la obra de George Gaylord Simpson, que declaró que Darwin había sido confirmado por los fósiles (una declaración que fue comunicada como un hecho a generaciones de estudiantes de biología). El libro de texto que Stephen Jay Gould describió en 1980 como «el más sofisticado de los modernos libros de texto americanos de introducción a la biología» daba su aquiescencia a la teoría sintética sobre la base de la evidencia fósil:

¿[Se puede] explicar un cambio evolutivo más extenso, la macroevolución, como resultado de estos cambios microevolutivos? ¿Surgieron realmente las aves de los reptiles por acumulación de sustituciones de genes de la clase ilustrada por el gen de color de mora del ojo?

La respuesta es que es totalmente plausible y que nadie ha dado una mejor explicación. … El registro fósil sugiere que la macroevolución es verdaderamente gradual, con un ritmo que lleva a la conclusión de que está basado en centenares o millares de sustituciones de genes que no son cualitativamente diferentes de las que hemos examinado en nuestros casos de ejemplo.

Pero esta última frase es falsa, y los paleontólogos han sabido que son falsas desde hace largo tiempo.

El registro fósil fue vuelto a visitar a partir de 1970 en obras de Stephen Jay Gould, Niles Eldredge y Steven Stanley. Gould y Eldredge propusieron una nueva teoría a la que llamaron «equilibrio puntuado», a fin de poder afrontar un hecho de lo más turbador: el registro fósil da en la actualidad una apariencia muy semejante a la que tenía en 1859, a pesar del hecho de que durante los años transcurridos se ha efectuado una enorme cacería de fósiles. En palabras de Gould:

La historia de la mayoría de las especies fósiles incluye dos rasgos particularmente inconsecuentes con el gradualismo:

La estasis. La mayoría de las especies no exhiben cambio direccional alguno durante su estancia en la tierra. Aparecen en el registro fósil con una apariencia muy similar a cuando desaparecen; el cambio morfológico es generalmente limitado y no direccional.

Aparición repentina. En cualquier área local, una especie no surge gradualmente por la transformación constante de sus antecesores; aparece toda de una vez, y «plenamente formada».

Recapitulando, si evolución significa el cambio gradual de un tipo de organismo a otro, la característica sobresaliente del registro fósil es la ausencia de evidencia de evolución. Los darwinistas pueden siempre justificar la aparición repentina de nuevas especies diciendo que las formas intermedias de transición, por alguna razón, no se fosilizaron. Pero la estasis —la ausencia constante de cambio direccional fundamental— queda positivamente documentada. Es también la norma y no la excepción.

Según Steven Stanley, la Cuenca Bighorn de Wyoming contiene un registro local continuo de depósitos fósiles de unos cinco millones de años, durante un período temprano de la edad de los mamíferos. Debido a que este registro es tan completo, los paleontólogos supusieron que ciertas poblaciones de la cuenca podrían ser vinculadas entre sí para ilustrar una evolución continuada. Al contrario, las especies que se había creído que se habían transformado en otras resultaron solapadas en el tiempo con sus pretendidos descendientes, y «el registro fósil no documenta de manera convincente una sola transición de una especie a otra». Además, las especies permanecen fundamentalmente sin cambios por una media de más de un millón de años antes de desaparecer del registro. Stanley emplea el ejemplo del murciélago y de la ballena, que se supone que evolucionaron desde un antepasado mamífero común en poco más de diez millones de años, para ilustrar el problema insuperable que la estasis fósil plantea al gradualismo darwiniano:

Supongamos hipotéticamente que queremos formar un murciélago o una ballena … [mediante un] proceso de transformación gradual de una especie establecida. Si una cronoespecie media dura casi un millón de años, o incluso más, y tenemos a nuestra disposición sólo diez millones de años, entonces sólo tenemos diez o quince cronoespecies1 que poder alinear, extremo con extremo, para formar una sucesión continua de descendencia conectando nuestro diminuto mamífero primitivo con un murciélago o con una ballena. Esto es evidentemente absurdo. Las cronospecies, por definición, pasan gradualmente de una a otra, y cada una de ellas manifiesta muy poco cambio. Una cadena de diez o quince de estas podría llevarnos de una pequeña forma roedora para formar a otra ligeramente diferente, quizá representando a un nuevo género, ¡pero no a un murciélago o una ballena!

Para proveer un cambio más rápido, Stanley recurre en parte a la teoría hasta ahora no susceptible de prueba de que mutaciones aleatorias en los «genes reguladores» podrían alterar de manera suficiente el programa de desarrollo embrionario para producir una nueva forma en una sola generación. Tanto si las macromutaciones están involucradas como si no lo están, el concepto más importante de evolución por equilibrio puntuado, tal como ha sido desarrollado por Gould y Eldredge, es que la especiación (la formación de nuevas especies) tiene lugar de manera rápida,2 y en el seno de grupos pequeños aislados en la periferia del área geográfica ocupada por la especie ancestral. Las presiones selectivas podrían ser particularmente intensas en un área en la que los miembros de la especie apenas si pueden sobrevivir, y las variaciones favorables podrían extenderse con una relativa rapidez por una población pequeña y aislada. Por medio de esto podría surgir una nueva especie en un área periférica sin dejar evidencias fósiles. Debido a que los fósiles provienen principalmente de grandes poblaciones centrales, una nueva especie aparecería de manera repentina en el registro fósil después de haber migrado al área central de la población ancestral.

El equilibrio puntuado explica la dominancia de la estasis en el registro fósil vinculando la macroevolución con la especiación. Esta identificación es necesaria, según Gould y Eldredge, porque en una gran población interfértil hay algo llamado «flujo genético» que obstaculiza la evolución. Lo que esto significa es sencillamente que el efecto de las mutaciones favorables queda diluido en la gran masa de la población por la que se tienen que extender. Este factor explica por qué las especies parecen tan inmutables en el registro fósil; la población como un todo no está cambiando. El cambio evolutivo importante tiene lugar sólo entre los grupos periféricos aislados, que se reúnen con la población ancestral estable de manera «repentina» después de haber constituido una nueva especie.

La mayoría de los biólogos evolutivos no aceptan la hipótesis de Eldredge y Gould de que el cambio evolutivo está estrechamente asociado con la especiación. Se puede obtener una gran cantidad de variación dentro de una especie biológica (recordemos los perros), mientras que hay especies separadas que son muy similares en sus rasgos visibles. La especiación y el cambio de forma parecen ser por ello fenómenos diferentes. Que la dilución, o «flujo genético», realmente impida el cambio en grandes poblaciones es tema de una discusión teórica aparentemente irresoluble. No hay evidencia de que se formen poblaciones hijas y que luego se reúnan con la especie progenitora. Según Douglas Futuyma, se han documentado «pocos, o ningún» ejemplo de una forma ancestral que persista en la misma región con un descendiente modificado.

Por esta y otras razones, los neodarwinistas ortodoxos prefieren explicar la repentina aparición a la manera tradicional de las discontinuidades en el registro fósil, y la estasis como reflejo de la «evolución en mosaico» y de la «selección estabilizadora». Lo primero significa que las partes blandas del cuerpo pueden haber estado evolucionando de manera invisible, mientras que las partes que quedaron fosilizadas permanecieron sin modificación. Lo segundo significa que la selección natural impidió el cambio eliminando todas las innovaciones, a veces por períodos de millones de años y a pesar de las cambiantes condiciones del medio que deberían haber impulsado la innovación adaptativa. La selección natural aparece aquí en su formulación tautológica, con un poder explicativo más bien excesivo, una explicación invisible omnivalente para cualquier cambio o ausencia de cambio que pudiese haber sucedido.

Si el darwinismo goza de una posición de verdad a priori, entonces el problema que presenta el registro fósil es cómo sucedió la evolución darwinista de manera que siempre escapase a la detección. Si, en cambio, el darwinismo es una hipótesis científica que pueda ser confirmada o falsada por evidencia fósil, entonces lo realmente importante acerca de la controversia puntuacionista no es la solución propuesta por Gould, Eldredge y Stanley, sino el problema sobre el que fijaron su atención. No veo razón alguna para dudar que el puntuacionismo sea un modelo válido para la evolución en ciertos casos. Hay ejemplos, como la proliferación de especies de moscas de la fruta en Hawai, donde se hace evidente que ha tenido lugar una rápida diversificación después de una migración inicial de una especie progenitora a una nueva región. Lo importante no es si ha ocurrido una rápida especiación en poblaciones periféricas aisladas, sino si este mecanismo puede explicar algo más que un margen relativamente estrecho de modificaciones que atraviesen el límite de las especies pero que no involucren cambios básicos en las características corporales.

Consideremos el problema planteado por el ejemplo que da Stanley de las ballenas y de los murciélagos, un caso de medio camino involucrando un cambio dentro de una sola clase. Nadie está proponiendo que un roedor ancestral (o lo que fuese) se convirtiese en una ballena o un murciélago en un solo episodio de especiación, con o sin la ayuda de una mutación en sus genes reguladores. Habrían tenido que existir muchas especies intermedias, algunas de las cuales habrían tenido que ser numerosas y longevas. Ninguna de éstas aparece en el registro fósil. Naturalmente, las formas intermedias podrían haber tenido una presencia muy efímera si no eran bien adecuadas para la supervivencia, como sería probablemente el caso de una criatura a mitad de camino en el proceso de cambiar piernas a aletas o a alas. Pero suscitar esta cuestión no añade nada a la plausibilidad del escenario darwinista.

Es indudable que podría haber tenido lugar una cierta cantidad de evolución de manera que no dejase rastro en el registro fósil, pero en algún punto necesitamos algo más que ingeniosas excusas para llenar los vacíos. Las discontinuidades entre los grupos principales —fílums o tipos, clases, órdenes— no sólo son omnipresentes, sino que en muchos casos son inmensas. ¿Es que nunca hubo nada sino grupos periféricos aislados entre ellos?

El mayor problema solitario que presenta el registro fósil para el darwinismo es la «explosión cámbrica» de hace alrededor de 600 millones de años. Casi todos los fílums animales aparecen en las rocas de este período, y sin rastro de los antecesores evolutivos que los darwinistas precisan. Como lo dice Richard Dawkins, «Es como si hubiesen sido sencillamente plantados ahí, sin ninguna historia evolutiva». En tiempos de Darwin no había evidencia de la existencia de la vida precámbrica, y concedió en El Origen de las Especies que «Por ahora esto ha de quedar como inexplicable, y puede ser verdaderamente presentado como un argumento válido contra la postura que aquí se presenta». Si su teoría era cierta, escribió Darwin, el mundo precámbrico debería haber estado «atestado de seres vivos».

En años recientes se ha encontrado evidencia de bacterias y algas en algunas de las más antiguas rocas de la tierra, y en la actualidad se acepta generalmente que estas formas unicelulares de vida debieron haber aparecido hace tanto como cuatro mil millones de años. Las bacterias y las algas son «procariotas», lo que significa que cada ser se compone de una sola célula sin núcleo y sin sus orgánulos relacionados. Las células «eucariotas» más complejas (con núcleo) aparecieron más adelante, y luego aparecieron docenas de grupos independientes de animales multicelulares sin ningún proceso visible de desarrollo evolutivo. La teoría darwinista exige que haya conjuntos muy dilatados de formas intermedias entre los organismos unicelulares y animales como insectos, gusanos y almejas. Pero no hay evidencia de que estos intermedios existiesen, y no hay ninguna buena excusa para ello.3

El problema planteado por la explosión del Cámbrico ha llegado al conocimiento de muchos lectores contemporáneos gracias al éxito del libro de Gould Wonderful Life (Vida maravillosa), donde describe la reclasificación de los fósiles del Cámbrico conocida como la Pizarra Burgess. Según Gould, el descubridor de los fósiles de la Pizarra Burgess, Charles Walcott, fue motivado a «forzarlos» a categorías taxonómicas anteriormente conocidas debido a su predisposición a apoyar lo que se llama «la teoría artificial» del registro fósil del Precámbrico. En palabras de Gould:

Se han debatido dos diferentes clases de explicaciones acerca de la ausencia de los antecesores precámbricos durante más de un siglo: la teoría artificial (sí que existieron, pero el registro fósil no los ha preservado) y la teoría de la transición rápida (realmente no existieron, al menos como invertebrados complejos fácilmente vinculados con sus descendientes, y la evolución de los modernos planes anatómicos tuvo lugar con una celeridad que amenaza a nuestras ideas usuales acerca del ritmo majestuosamente lento del cambio evolutivo).

Investigaciones más recientes han mostrado que los fósiles de la Pizarra Burgess incluyen unas 15 o 20 especies que no pueden relacionarse con ningún grupo conocido y que probablemente deberían clasificarse como fílums separados, así como muchas otras especies que se ajustan dentro de un fílum existente pero que también exhiben unos planes somáticos muy diferentes de todo lo que se sabe que existe después. La imagen general de la historia de los animales es así un estallido de planes somáticos generales seguidos por extinción. No evolucionaron nuevos fílums a partir de entonces. En la actualidad existen nuevas especies que están ausentes de las rocas del pasado remoto, pero todas ellas pertenecen dentro de categorías taxonómicas generales presentes desde el principio. La imagen es de evolución de algún tipo, pero sólo dentro de los confines de las categorías básicas que tampoco muestran ninguna historia evolutiva anterior. Gould describió la reclasificación de los fósiles Burgess como «el doblar de las campanas por la teoría artificial», porque

Si la evolución pudo producir diez nuevos fílums cámbricos y luego borrarlos con la misma rapidez, ¿qué sucede con los grupos cámbricos supervivientes? ¿Por qué ellos habían de tener un largo y honroso linaje precámbrico? ¿Por qué no tuvieron que originarse justo antes del Cámbrico, como parece indicar el registro fósil si se lee literalmente, y como propone la teoría de transición rápida?

Un darwinista ortodoxo respondería que un salto directo de los organismos unicelulares a 25 o 50 complejos fílums animales sin una larga sucesión de intermedios transicionales no es la clase de cosa para la que exista un mecanismo genético plausible, por decirlo de manera suave. Gould está describiendo algo que él llama «evolución», pero la imagen es tan diferente de lo que Darwin y sus sucesores tenían en mente que quizá se tendría que encontrar un término diferente. El modelo darwinista de evolución es lo que Gould describe como el «cono de diversidad en aumento». Esto significa que la historia de la vida animal multicelular debería comenzar con un pequeño número de especies evolucionando a partir de formas más simples. Las docenas de diferentes planes corporales básicos manifestados en los fósiles del Cámbrico serían entonces el producto de un largo y gradual proceso de evolución desde comienzos menos diferenciados. Tampoco debería el cono haber dejado abruptamente de expandirse después de la explosión cámbrica. Si los hechos negativos no fuesen ya conocidos, cualquier darwinista estaría confiado que los cientos de millones de años de evolución postcámbrica habrían producido muchos nuevos fílums.

En lugar de ello, vemos los planes corporales apareciendo todos ellos primero, muchos de estos quedando extinguidos, y la posterior diversificación procediendo de manera estricta dentro de los límites de los fílums originales. Estos grupos cámbricos originales no tienen una historia evolutiva visible, y la «teoría artificial» que suministraría esta historia ha de ser descartada. Quizá existieron algunos pocos intermedios evolutivos para algunos de los grupos, aunque no se ha identificado ninguno de ellos de manera concluyente, pero por otra parte todo lo que tenemos entre los animales multicelulares complejos y las células simples es algunas palabras como «transición rápida». A este escenario totalmente no darwinista le podemos llamar «evolución», pero lo único que hacemos con ello es poner una etiqueta a un misterio.

La aparición repentina y la estasis de las especies en el registro fósil es lo opuesto a lo que predeciría la teoría darwinista, y la pauta de las extinciones es igualmente frustrante. Parece haber habido una cantidad de extinciones en masa en la historia de la tierra, y prosigue el debate acerca de qué las causó. En particular se destacan dos cataclismos: la extinción pérmica de hace unos 245 millones de años, que exterminó a la mitad de las familias de invertebrados marinos y probablemente a más del noventa por ciento de todas las especies; y la famosa extinción «K-T» al final de la era del Cretáceo, hace unos 65 millones de años, que exterminó a los dinosaurios y también a una gran cantidad de otros seres, incluyendo los ammonites cuya desaparición Darwin concedió que había sido maravillosamente repentina.

Según Gould, los paleontólogos han sabido siempre de estas «grandes mortandades», pero han tratado de minimizar su importancia debido a que «nuestros fuertes prejuicios en favor de cambios graduales y continuos nos obligan a contemplar las extinciones en masa como algo anómalo y amenazador». Las explicaciones cataclísmicas de las extinciones están sin embargo volviendo al frente con gran fuerza, y muchos investigadores informan ahora que las extinciones en masa fueron más frecuentes, más rápidas y más profundas en sus efectos que lo que antes se había reconocido.

El catastrofismo es un tema polémico entre los geólogos y los paleontólogos. Muchos artículos científicos han argumentado que los dinosaurios y los ammonites estaban desapareciendo de la tierra durante millones de años antes del impacto meteorítico que puede haber desencadenado el cataclismo K-T. Es mucho lo que está en juego en esta esotérica controversia, porque el darwinismo exige que las formas antiguas (los antepasados ausentes y los intermedios) se extingan gradualmente mientras son reemplazados por formas nuevas y mejor adaptadas. Un registro de extinciones dominado por cataclismos a escala global, en el que la diferencia entre supervivencia y extinción puede haber sido cosa arbitraria, es tan frustrante para las expectativas darwinistas como un registro de aparición repentina seguida por una estasis.

Habrá nuevas controversias acerca de los fósiles antes que pase mucho tiempo, y probablemente cualquier cosa que se escriba en la actualidad quedará obsoleto de aquí a pocos años. Pero lo que se debe recordar es que el problema que los fósiles le plantean al darwinismo va empeorando con el paso del tiempo. Los paleontólogos darwinistas se indignan cuando los creacionistas señalan estas cosas, pero lo que ellos mismos escriben es extraordinariamente revelador. Como suele ser, Gould es el comentarista más interesante.

Después de asistir a una conferencia geológica sobre extinciones en masa, Gould escribió un destacable ensayo acerca de cómo la evidencia se estaba volviendo contra el darwinismo. Contaba a sus lectores que él había estado durante mucho tiempo perplejo ante la falta de prueba de un desarrollo progresivo, a lo largo del tiempo, en los invertebrados con los que estaba más familiarizado. «Podemos contar historias de mejoras para algunos grupos, pero en momentos de sinceridad hemos de admitir que la historia de la vida compleja es más una historia de variación muy diversa alrededor de un conjunto de diseños básicos que una saga de una acumulación de excelencia». Pero la evolución darwinista tendría que ser una historia de mejoramiento en aptitud,4 y por eso Gould consideró «el fracaso en hallar un claro “vector de progreso” en la historia de la vida como el hecho más enigmático del registro fósil».

Él pensó que la solución al enigma podría residir en períodos alternativos de evolución por equilibrio puntuado por una parte, y por la otra de extinción arbitraria durante cataclismos. Bajo estas circunstancias, la evolución no sería una historia de mejora adaptativa y gradual, sino más bien «el éxito evolutivo ha de ser valorado entre las especies mismas, no al nivel darwinista tradicional de organismos en lucha dentro de poblaciones». Adoptando sin vacilar la formulación «tautológica» de la selección natural al nivel de especies, Gould propuso que «las razones por las que las especies tienen éxito son muchas y variadas —por ejemplo, elevadas tasas de especiación y una fuerte resistencia a la extinción— y a menudo no involucran referencias a expectativas tradicionales de mejora en diseño morfológico».

Casi todos los que estudiaron un curso universitario de biología durante los últimos sesenta años, más o menos, han sido llevados a creer que el registro fósil era un baluarte de apoyo para la tesis darwinista clásica, no un engorro que tenía que ser justificado de alguna manera. Y si no estudiamos un curso de biología vimos La herencia del viento y nos reímos con todos los demás mientras Clarence Darrow ridiculizaba a William Jennings Bryan. Pero me pregunto si Bryan habría parecido tan ridículo si hubiese podido encontrar a un distinguido paleontólogo sufriendo de uno de aquellos «momentos de sinceridad», y lo hubiese presentado como testigo sorpresa para decir al jurado y al público en la sala que el registro fósil exhibe una pauta persistente de aparición continua seguida de estasis, que la historia de la vida es más una historia de variación muy diversa alrededor de un conjunto de diseños básicos que una de acumulación de mejoras, que la extinción ha tenido lugar de manera predominante por cataclismos y no por obsolescencia gradual, y que las interpretaciones ortodoxas del registro fósil deben frecuentemente más a las preconcepciones darwinistas que a la evidencia misma. ¡Imaginemos la confusión que Bryan podría haber causado exigiendo el derecho a leer su propia evidencia preferida en aquellas famosas discontinuidades! ¿Por qué no, si Darwin podía hacerlo?

Los paleontólogos parecen haber considerado que su deber era protegernos al resto de nosotros de las erróneas conclusiones a las que podríamos haber llegado si hubiésemos conocido el verdadero estado de la evidencia. Gould describe «la extrema rareza de las formas de transición en el registro fósil» como «el secreto del gremio de los paleontólogos». Steven Stanley explicaba que las dudas de los paleontólogos acerca de la evolución gradualista fueron «suprimidas» durante muchos años. Escribió que el proceso comenzó con el mismo T. H. Huxley, que cambió «sus actitudes negativas hacia un cambio gradual y la selección natural» posiblemente porque «como creyente, Huxley no se sentía inclinado a ayudar a aquellos que estaban dispuestos a tirar al bebé de la evolución con el agua sucia de la selección natural gradualista». Pero, ¿por qué iba Huxley a temer esto, excepto que fuese imposible separar el bebé del agua sucia?

Niles Eldredge ha sido aún más revelador:

«Los paleontólogos han dicho que la historia de la vida sustenta [a la historia del cambio adaptativo gradual], sabiendo todo el tiempo que no es así».

Pero, ¿cómo pudo ser perpetrado un engaño de esta magnitud por todo el cuerpo de una ciencia respetada, dedicada casi por definición a la búsqueda de la verdad? La explicación de Eldredge es totalmente creíble para cualquiera que esté familiarizado con las formas de hacer del mundo académico:

Cada nueva generación, según parece, produce unos pocos jóvenes paleontólogos dispuestos a documentar ejemplos de cambio evolutivo en sus fósiles. Los cambios que siempre han buscado, naturalmente, han sido los del tipo gradual, progresivo. Las más de las veces sus esfuerzos han quedado sin recompensa — sus fósiles, en lugar de exhibir la pauta esperada, parecen simplemente seguir virtualmente sin cambios.… Este extraordinario conservadurismo le parecía, al paleontólogo anhelante de encontrar cambio evolutivo, como si no hubiese habido evolución. Así, los estudios que documentaban la persistencia conservadora en lugar de cambio evolutivo gradual fueron considerados un fracaso, y con la mayor de las frecuencias no fueron siquiera publicados. La mayoría de los paleontólogos eran conscientes de la estabilidad, de la ausencia de cambio que llamamos estasis.… Pero por lo que respecta a la evolución misma, los paleontólogos consideraban habitualmente la estasis como «resultados negativos» en lugar de como una contradicción de la predicción de cambio gradual, evolutivo progresivo. Y (hasta el día de hoy) se siguen invocando las discontinuidades en el registro fósil como la razón principal de que se encuentren tan pocos casos de cambio gradual.

Gould escribió en el mismo sentido que «Cuando Niles Eldredge y yo propusimos la teoría de equilibrio puntuado en la evolución, lo hicimos para conceder a la estasis en los linajes filogenéticos la posición de “digna de mención” —porque la estasis había sido anteriormente ignorada como ausencia de prueba de evolución, aunque todos los paleontólogos conocían su elevada relativa frecuencia». Lo que Gould y Eldredge tenían que evitar, sin embargo, era lo que Eldredge describió como «el no irrazonable arrinconamiento a la franja de los lunáticos que han sufrido en el pasado algunos paleontólogos cuando ellos también se dieron cuenta de las diferencias entre la teoría evolucionista contemporánea, por una parte, y las pautas de cambio en el registro fósil por la otra». En resumen, tenían que evitar aparecer como abrazando el saltacionismo.

En el capítulo anterior mencioné al paleontólogo Otto Schindewolf, cuyo saltacionismo se extendió a la proposición extrema de proponer que la primera ave debía haber salido de un huevo de reptil. George Gaylord Simpson escribió una reseña crítica del libro de Schindewolf, pero concedió que las excéntricas conclusiones del autor estaban basadas en un exhaustivo conocimiento de la evidencia fósil. El problema que tuvo Schindewolf fue que no intentó imponer una interpretación sobre la evidencia fósil que pudiese ser aceptada por los genetistas, o quizá que se apoyó excesivamente en la aprobación del genetista Richard Goldschmidt. Sencillamente, se lanzó y publicó lo que los fósiles le decían, y los fósiles decían «saltación».

Los paleontólogos que tienen que trabajar bajo la influencia del neodarwinismo no tienen la misma libertad para sacar aquellas conclusiones a las que les conduce su evidencia. Eldredge ha descrito con franqueza el dilema del paleontólogo: «O bien te aferras a la teoría convencional a pesar de lo mal que se ajustan los fósiles a ella, o te centras en la evidencia empírica y dices que los saltos parecen un modelo razonable del proceso evolutivo —en cuyo caso has de abrazar un conjunto cuestionable de proposiciones biológicas». La paleontología, según parece, es una disciplina en la que en ocasiones es inapropiado «centrarse en la evidencia empírica». Por otra parte, uno no puede sencillamente echarse adelante y fabricar pruebas de la evolución darwinista, y Eldredge escribió patéticamente acerca de cómo esta combinación de restricciones hace difícil progresar profesionalmente:

Lo que complica la rutina normal es el lío para obtener un doctorado. Una tesis de investigación doctoral es en realidad un aprendizaje, y la disertación es un informe exhaustivo que muestra la capacidad del candidato para elaborar y seguir con éxito una investigación científica original. Suena a razonable, pero es enorme la presión por conseguir resultados, y resultados positivos.

En estas desalentadoras circunstancias, los paleontólogos precisaban claramente de una teoría que les permitiese informar acerca de sus proyectos como de éxito, pero se sentían limitados a trabajar dentro de los límites de la síntesis neodarwinista. Lo que se necesitaba era una teoría suficientemente saltacionista para permitir a los paleontólogos publicar, pero lo suficientemente gradualista para aplacar a los darwinistas. El equilibrio puntuado consigue esta hazaña de estadista haciendo el proceso de cambio inherentemente invisible. Uno puede imaginar a aquellas formas periféricas aisladas cambiando tanto y tan rápido como quiera, porque nadie las verá nunca.

Gould y Eldredge han descrito invariablemente el equilibrio puntuado como una teoría darwinista, no como un repudio saltacionista del darwinismo. Por otra parte, es fácil ver cómo algunas personas recibieron la impresión de que se estaba al menos insinuando el saltacionismo, si no estaba siendo propuesto de forma abierta. Gould y Eldredge pusieron dos citas de T. H. Huxley delante de su artículo de 1977, que eran dos quejas acerca del rechazo de Darwin a permitir un poco de «salto» en su teoría. Alrededor de aquel mismo tiempo, Gould subscribió independientemente un saltacionismo limitado y predijo la vindicación de Goldschmidt.

El problema con el saltacionismo, sin embargo, es que cuando es examinado de cerca resulta ser sólo un terreno medio carente de sentido entre la evolución y la creación especial. Tal como lo expresó Richard Dawkins, a la creación bíblica del hombre del polvo de la tierra la podríamos llamar un salto. En términos de evidencia fósil, el salto sólo significa que una forma nueva apareció de ninguna parte, y no tenemos la menor idea de cómo. Como teoría científica, la «evolución a saltos» es precisamente lo que Darwin la llamó al principio: basura. Gould y Eldredge comprenden esto, y por ello, a pesar de insinuaciones de saltacionismo (especialmente de parte de Gould), siempre han mantenido abiertas sus líneas de retirada al gradualismo darwinista ortodoxo.

Esto lleva a la pregunta más básica de todas. Si hay tantos problemas con el darwinismo y si no hay ninguna alternativa satisfactoria dentro del marco evolutivo, ¿por qué no volver a evaluar el marco? ¿Qué es lo que hace que nuestros científicos estén tan absolutamente seguros de que todo realmente evolucionó desde unos comienzos simples?

Referencias : 
  1. En el mundo de lo viviente, las especies son comunidades separadas de reproducción, que no se cruzan entre ellas. Por cuanto no podemos determinar las capacidades reproductoras de seres conocidos sólo en forma fósil, tienen que ser asignadas a especies por sus rasgos visibles. Una «cronoespecie» es un segmento de un linaje fósil que se considera que ha evolucionado tan poco en sus rasgos observables que ha permanecido como una sola especie.
  2. Términos como «de manera rápida» en este contexto se refieren a tiempo geológico, y los lectores deberían tener en cuenta que 100.000 años son un período breve para un geólogo. El enfático rechazo del «gradualismo» por parte del puntuacionista es conducente a equívocos, y tiende a dar la impresión de que están abogando por el saltacionismo. Lo que parecen estar diciendo es que el cambio evolutivo tiene lugar a lo largo de muchas generaciones por el método darwiniano de pasos graduales, pero en un período relativamente breve de tiempo geológico. Sin embargo, la ambigüedad puede que sea deliberada, por razones que se explicarán en este capítulo.
  3. La imagen queda ligeramente enturbiada por la incertidumbre acerca de la posición de los fósiles ediacaranos, un grupo de invertebrados marinos de cuerpo blando y de aguas someras, descubiertos en rocas que datan de poco antes de la explosión cámbrica. Algunos paleontólogos los han interpretado como precursores de unos cuantos de los grupos del cámbrico. Estudios más recientes efectuados por un paleontólogo llamado Seilacher apoyan la postura, aceptada por Gould, de «que la fauna ediacarana no contiene antecesores de los organismos modernos, y que cada animal ediacarano comparte un modo básico de organización muy distinto de la arquitectura de los grupos vivientes». Interpretados así, los fósiles ediacaranos destruyen en realidad una explicación darwinista estándar acerca de la ausencia de los antecesores precámbricos: que las criaturas de cuerpo blando no se fosilizarían. En realidad, existen muchos fósiles de cuerpos blandos, en las Pizarras Burgess y otros lugares.
  4. Gould apoyó este extremo con una cita de Darwin, pero yo pondré en su lugar otra aún mejor: «Se puede decir que la selección natural está haciendo un escrutinio a diario y hora tras hora, en todo el mundo, de cada variación, hasta la más ínfima; rechazando lo que es malo, preservando y acumulando todo lo bueno; trabajando callada y sigilosamente, siempre y en todas partes donde hay oportunidad, para la mejora de cada ser orgánico en relación con su condición de vida en lo orgánico y en lo inorgánico.» En ediciones posteriores, Darwin añadió a estas palabras la de «metafóricamente», evidentemente al darse cuenta de que había escrito acerca de la selección natural como si fuese un ser inteligente y creativo.
Agradecimientos: 
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