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Eugenesia

Antonio Cruz, Doctor en Biología

Los estudiosos atávicos de la llamada “historia natural” que confeccionaban inacabables herbarios, adornaban las paredes de sus hogares con bellas colecciones de mariposas o se dedicaban a disecar aves exóticas, se colocaron asépticos uniformes blancos y, desde sus modernos laboratorios, empezaron a conmocionar al mundo, hurgando en las mismísimas entrañas de la vida.

La biología ya no fue nunca más lo que era. De los inofensivos estudios de la naturaleza de antaño se pasó a la moderna ciencia de la vida, cargada de retos, promesas, tentaciones y también problemas éticos.

Uno de los primeros tumores malignos que se desarrolló en el corazón de la biología, en la misma ciencia de la genética, fue sin duda el de la eugenesia. Literalmente la palabra significa “buen origen”, “buena herencia”, “de buena raza” o “buen linaje” y su creación se debe al inglés Francis Galton en el año 1883. Sin embargo, él la definió como

“la ciencia que trata de todos los influjos que mejoran las cualidades innatas de una raza; por tanto, de aquellas que desarrollan las cualidades de forma más ventajosa”

(López, E., Ética y vida, San Pablo, Madrid, 1997: 113)

En esta definición se observan ya algunos de los gérmenes venenosos que emponzoñarían posteriormente todo el pensamiento eugenésico. Es decir, la idea de que se trataba de una verdadera ciencia, el concepto asumido de raza que llevaría fácilmente al de racismo y la creencia en las ventajas o desventajas provocadas por los influjos o “genes buenos” y “genes malos”.

¿Qué es la Eugenesia?

Propaganda Nazi justificando el programa de eugenesia obligatoria:

"Esta persona sufre defectos hereditarios cuesta a la comunidad 60.000 marcos durante toda su vida"

La eugenesia nació a finales del siglo XIX con la pretensión de ser una ciencia aplicada. El estudio teórico de los factores que pudieran elevar o disminuir las cualidades raciales, tanto físicas como intelectuales, de las futuras generaciones, se fue convirtiendo poco a poco en una serie de acciones prácticas concretas. Su cometido final era conservar y mejorar el patrimonio genético de la humanidad.

Este programa teórico-práctico poseía un doble aspecto: negativo y positivo.

La llamada eugenesia negativa pretendía eliminar directamente aquellas características genéticas no deseables para la especie humana. Con el fin de lograr esta exclusión de rasgos no queridos se proponían medidas tendentes a evitar la descendencia “defectuosa”, tales como prohibir los matrimonios que presentaran riesgo genético o impedir los embarazos en aquellas parejas genéticamente incompatibles. Si la concepción ya había tenido lugar, se proponía el aborto eugenésico o la muerte del recién nacido. Las medidas coercitivas estaban a la orden del día y venían respaldadas por la opinión mayoritaria del estamento científico. Se trataba de restricciones que, según se decía, había que imponer a ciertos matrimonios por el bien común de la humanidad. Las esterilizaciones de algunos ciudadanos debían ser también obligatorias. A no ser que prefirieran, aquellos que presentaban taras importantes, permanecer siempre recluidos en centros adecuados, con el fin de evitar que pudieran reproducirse.

La eugenesia positiva, por su parte, intentaba difundir al máximo el número de genes y genotipos considerados como deseables, facilitando ciertos matrimonios y otorgando premios a las familias genéticamente seleccionadas que más se reprodujeran. Se organizaron concursos y festivales, que más bien parecían auténticas ferias de ganado.

Desde luego, siempre fue más difícil llevar a la práctica la eugenesia positiva que la negativa, ya que las costumbres humanas no se adecúan fácilmente a tales prácticas.

Antecedentes Históricos

Las preocupaciones eugenésicas son en realidad casi tan antiguas como la propia humanidad.

Algunos pueblos primitivos mostraron sus inquietudes por la mejora del linaje practicando el infanticidio. En la antigua Grecia se eliminaba sistemáticamente a aquellos recién nacidos que eran considerados débiles o con determinados defectos físicos. Los espartanos, por ejemplo, tenían la costumbre de presentar sus bebés a los ancianos para que éstos los examinaran y decidieran si merecían vivir o tenían que ser arrojados por el desfiladero de Taigetos. Ya antes de tal examen las madres de Esparta lavaban a sus hijos en vino, orina o agua helada con el fin de determinar su carácter y, en cualquier caso, robustecerlos.

Platón (428-348 a.C.) escribe en La República los siguientes consejos:

“..., harás una selección entre las mujeres, como la has hecho entre los hombres, y aparearás éstos con ellas, teniendo en cuenta todas las semejanzas posibles (...). Poner en manos del azar los apareamientos carnales y demás actos en una sociedad en donde los ciudadanos traten de ser dichosos, es cosa que ni la religión ni los magistrados permitirían (...). (...) es necesario criar los hijos de los primeros (los individuos escogidos), no los de los segundos (los inferiores), si se quiere mantener el rebaño en toda su excelencia”

(Platón, La República, Clásicos Bergua, Madrid,1966: 312-314).

Incluso el propio Aristóteles (384-322 a.C.) opinaba que

“en lo que se refiere al matar o criar a los hijos, la ley debe prohibir que se críe cosa alguna tarada o monstruosa”

(Aristóteles, Política, vol. II, Orbis, Barcelona, 1985: 124).

El cuadro "La Redención de Cam" del pintor Modesto Broncos y Gomes (1895) presenta una abuela negra, una madre mulata y un padre e hijo blancos.

La esperanza del gobierno brasileño era que en el trascurso de sucesivas generaciones los brasileños fueran cada vez más blancos.

Los romanos por su parte tenían también prácticas similares y arrojaban a los bebés deformes desde la roca Tarpeya, situada sobre un extremo del Capitolio.

Algunos autores han creído ver un cierto trasfondo eugenésico en las listas del Levítico que prohíben los casamientos entre personas consanguíneas (Lv. 18:6-13). Sin embargo, un estudio más detallado de las mismas demuestra que tales prohibiciones respondían exclusivamente a cuestiones morales y de carácter religioso.

Otra cosa son las prescripciones posteriores que aparecen en el Talmud y las prohibiciones de que determinados individuos con enfermedades como la lepra o la epilepsia contrajeran matrimonio. Aquí sí se detectan medidas eugenésicas. De hecho, tales recomendaciones han influido durante muchos siglos en las legislaciones eclesiásticas posteriores, impidiendo los matrimonios entre personas con un determinado grado de parentesco. El tabú del incesto tiene también un claro significado eugenésico.

No obstante, aunque los planteamientos eugenésicos subsistieron de forma latente a lo largo de la historia, no fue hasta la publicación de los trabajos de Galton, en pleno siglo XIX, cuando la eugenesia fue reconocida como ciencia y adquirió carta de ciudadanía. Las ideas de Francis Galton (1822-1911) acerca de la pureza de la raza y su posible mejora, estuvieron muy influenciadas por las que tenía su primo, Charles Darwin, sobre la cría de animales domésticos y su selección artificial.

Darwin y el origen de la Eugenesia

Charles Darwin, publicó en 1859 "El Origen de las Especies Mediante la Selección Natural o la Preservación de las Razas Favorecidas en su Lucha por la Vida"

El padre de la teoría de la evolución de las especies por selección natural sostenía que los hombres civilizados, al construir hospitales y centros sanitarios para curar a los enfermos, estaban haciendo un flaco servicio a la evolución biológica del ser humano. Si los lisiados, minusválidos o deficientes eran preservados y se les permitía llegar activos a la edad reproductora, con ello se posibilitaba que sus genes portadores de anomalías se transmitieran a la descendencia y se perpetuaran entre la población.

Esto, además de alterar la marcha de la selección natural ya que los débiles no eran eliminados, atentaba claramente contra la pureza y el futuro de la raza. Naturalmente, a partir de tales ideas concebir un programa eugenésico era tarea fácil. Hubo, por tanto, una gran afinidad entre el pensamiento galtoniano y la teoría de Darwin. Una de las evidencias de esta relación se muestra en que los principales científicos eugenistas fueron también fervientes partidarios del darwinismo.

Si un personaje de la talla de Darwin compartía y elogiaba en sus trabajos las concepciones de Galton, era razonable esperar que los seguidores del evolucionismo acogieran también con buenos ojos los argumentos eugenésicos.

El famoso biólogo inglés, Julian Huxley, que fue uno de los fundadores de la moderna teoría sintética de la evolución y primer director general de la UNESCO, escribió en 1946:

“Cuando la eugenesia se haya convertido en práctica corriente, su acción (...) estará enteramente dedicada, al principio, a elevar el nivel medio, modificando la proporción entre los buenos y malos linajes, y eliminando en lo posible las capas más bajas, en una población genéticamente mezclada”

Thuillier, P., Las pasiones del conocimiento, Alianza Editorial, Madrid, 1992: 162

El propio hijo de Darwin, el mayor Leonard Darwin, fue presidente de la Sociedad para la Educación Eugenésica, durante diecisiete años. En sus trabajos proponía que se convenciera a los individuos mejor dotados a tener un elevado número de hijos, mientras que por otro lado se persuadiera a los considerados “inferiores” desde el punto de vista biológico, para que se abstuvieran de descendencia. Y en este sentido, la esterilización forzosa se veía como una medida acertada y eficaz.

No obstante, resulta sorprendente la postura tan poco crítica que Charles Darwin mantiene hacia los trabajos de su primo Galton. Siempre se expresó en términos muy laudatorios hacia las teorías de éste, incluso las que mantenían que facultades morales o intelectuales como el genio y la inteligencia se transmitían claramente mediante herencia biológica.

Galton no había demostrado esto, ni mucho menos, lo único que se había limitado a constatar fue que los hijos de personajes ilustres terminaban siendo también, en buena parte, ilustres. Sin embargo, Darwin consideraba que estas afirmaciones constituían ya una demostración suficiente de la herencia del talento. Además creía que el tamaño del cerebro estaba directamente relacionado con el desarrollo de las facultades intelectuales.

Si bien es verdad que Darwin reconoció que la no eliminación de los individuos débiles podría tener consecuencias negativas y conduciría a la degeneración de la humanidad, la puesta en práctica de las medidas eugenésicas le pareció un proyecto utópico que resultaba inviable desde el punto de vista moral:

“Despreciar intencionadamente a los débiles y desamparados, acaso pudiera resultar un bien contingente, pero los daños que resultarían son más ciertos y muy considerables. Debemos, pues, sobrellevar sin duda alguna los males que a la sociedad resulten de que los débiles vivan y propaguen su raza”

(Darwin, Ch., El origen del hombre, EDAF, Madrid, 1980: 135)

De manera que, aunque las opiniones de Darwin sobre la eugenesia tuvieran muchos puntos en común con las de Galton, lo cierto es que no fueron siempre completamente coincidentes. Esto no significa que muchos de sus seguidores, los darwinistas que militaron en movimientos eugenésicos, no asumieran todas las ideas galtonianas y las llevaran después a la práctica, incluso hasta derroteros que ni el propio Galton hubiera jamás soñado.

Daltón y la religión de la Eugenesia

Sir Francis Galton, primo de Charles Darwin

Desde luego las ideas de Galton tenían más de ideología religiosa que de verdadera ciencia.

En la mayor parte de sus obras, tales como: Hereditary talent and characters (1865); Hereditary Genius (1869); English Men of Science, their Nature and Nurture (1874); Inquiries into Human Faculty and its Development (1883); Natural Inheritance(1889) y Essays in Eugenics (1908), Galton consideró la eugenesia como una verdadera religión, en el sentido de que este convencimiento por mejorar la especie humana era algo tan noble que debía dar lugar a un entusiasmo y casi a un fervor de carácter religioso.

Si se asumían como científicas las ideas de que las facultades mentales se transmiten de forma rígida a la descendencia y que existen razas superiores y razas inferiores desde el punto de vista intelectual, moral e incluso social ¿por qué no asumir la obligación de difundir tal credo y luchar por instaurar una política de eliminación del mal, encarnado en forma de taras hereditarias?

La creencia de Galton acerca de de que el talento se hereda a partir del de los padres que constituyó siempre el motivo principal de sus investigaciones estadísticas, nunca pudo ser confirmada pero la mantuvo a lo largo de la vida como un acto de fe personal, una convicción apriorística indemostrable. Estaba convencido de que sus concepciones eran de vital importancia para Inglaterra.

Galton era leal a la reina Victoria y como buen ciudadano deseaba ver aumentado el poder del imperio inglés. Había viajado mucho y de las múltiples experiencias vividas llegó a la conclusión de la existencia de razas superiores e inferiores. En su mente se había elaborado lentamente una jerarquía de tales razas. Los negros estaban situados varios peldaños por debajo de los blancos, mientras que entre los europeos los ingleses figuraban a la cabeza y de entre ellos, los buenos industriales, los hombres de ciencia, los religiosos, militares, banqueros y estadistas constituían la flor y nata de la especie humana.

El problema era que tales personajes “superiores” resultaban ser poco fecundos, justo al revés que los representantes de las clases “inferiores”.

Había, por tanto, que cambiar las cosas. Era menester invertir la tendencia. De ahí que Galton se propusiera fomentar la supervivencia y el desarrollo de las castas altas e impedir la reproducción de los mediocres, a quienes habría que considerar como auténticos “enemigos del Estado” y tratar sin piedad. Le reprochaba a la Iglesia que frenara la reproducción de los mejor dotados intelectualmente, impidiendo a los clérigos que contrajeran matrimonio y tuvieran hijos. Galton estaba convencido de que en el futuro las religiones tradicionales desaparecerían para dejar paso a la eugenesia, que se convertiría así en el principal dogma científico-religioso de la humanidad.

Spencer y el Darwinismo Social

Herbert Spencer acuñó la frase "La supervivencia del más apto".

En líneas generales suele hablarse de “darwinismo social” para referirse a cualquier aplicación de las ideas evolutivas de Darwin a las sociedades humanas.

Desde esta perspectiva la eugenesia es una forma de darwinismo social ya que pretende llevar a la práctica en las personas, la misma acción que la selección natural ejerce sobre la naturaleza. Es decir, la eliminación de los “débiles”.

Herbert Spencer (1820-1903) fue un sociólogo inglés, contemporáneo de Galton y Darwin, convencido de que las sociedades humanas progresaban gracias a las fuerzas evolutivas. Su filosofía consistió en defender la lógica del laissez-faire capitalista, o sea que las leyes evolutivas tenían que desplegarse libremente en la sociedad para que el desarrollo social y el progreso económico se hiciera efectivo.

La competición entre individuos y clases era siempre buena ya que gracias a esta “lucha por la supervivencia”, prosperaban los mejores. Por eso su ideología fue liberal y consistió en no poner trabas a tal confrontación. Spencer se opuso a que el Estado ayudase económicamente a los pobres ya que cualquier intento por erradicar la miseria en el presente supondría, según él, más miseria para el futuro.

No obstante, entre el darwinismo social y la eugenesia hay una importante diferencia. El primero preconiza el liberalismo económico, afirma que la competición es buena y propone, por tanto, la no intervención en los procesos sociales. Sin embargo, la eugenesia predica el establecimiento de un sistema autoritario y policíaco que intervenga directamente sobre los individuos para impedir que los genes “defectuosos” puedan propagarse entre la población.

Uno de los principales errores eugénicos fue considerar, en base a las creencias del darwinismo social, que los pueblos o las sociedades menos desarrolladas económicamente eran también aquellas que poseían factores genéticos deficientes. Se suponía así que si no habían progresado era debido a que portaban múltiples taras genéticas. Esta falacia, unida al pobre conocimiento que entonces se poseía acerca de las leyes de la herencia, llevó a creer a muchos que las técnicas de selección artificial, utilizadas por los ganaderos, podían mejorar la especie humana genética, económica y moralmente.

El darwinismo social ejerció una importante influencia durante buena parte del siglo XX e incluso volvió a resurgir en movimientos como la sociobiología, aunque en la actualidad ha perdido prácticamente toda su vigencia. Las políticas neoliberales hoy en boga, no suelen defenderse desde puntos de vista darwinianos, sino desde planteamientos económicos que ya no se fundamentan en la selección natural de Darwin.

Estados Unidos y Hitler: casos de eugenesia real

El gobierno de Hitler denominaba "Higiene Racial" a los programas eugenésicos cuyo propósito consistía en mantener una raza alemana pura

Curiosamente, Estados Unidos y la Alemania de Hitler coincidieron –en muy diferente medida- a la hora de aplicar la eugenesia de una manera práctica.

Durante los doce o trece primeros años del siglo XX se realizaron 236 vasectomías forzosas en retrasados mentales del estado norteamericano de Indiana (Thuillier, 1984: 779).

En 1907 este mismo estado aprobó la primera ley de esterilización obligatoria de los deficientes mentales, violadores y criminales. Entre los términos empleados para referirse a las personas que debían someterse a tales medidas, figuraban algunos tan ambiguos como “degenerados hereditarios”, “pervertidos sociales” o “adictos al alcohol y las drogas”.

Tales normas se fueron extendiendo a veintiocho estados más, hasta que en 1935 el número de esterilizaciones practicadas alcanzó la cifra de 21.539.

No obstante, las prácticas eugenésicas no fueron siempre tan drásticas, sino que en ocasiones pasaron más desapercibidas. Otra ley de 1924, la Immigration Restriction Act, puso en marcha una selección de los extranjeros inmigrantes que deseaban entrar en Estados Unidos. El argumento racista que inspiraba tal ley era la creencia de que los individuos procedentes del norte y oeste de Europa eran biológicamente superiores a los que venían del este y del sur.

Una vez más las ideas propias de la eugenesia se escondían detrás de la ley. Se consideraba que el patrimonio genético de las personas, la herencia biológica, determinaba el nivel económico y social de éstas, siendo más importante que la influencia del ambiente o la educación que se había recibido a lo largo de la vida.

También en otros países la moda racista caló hondamente. En Alemania, el clima promovido por el nacionalsocialismo de Adolf Hitler fue, por desgracia, el más adecuado para que la eugenesia arraigara con fuerza.

En su libro Mein Kampf, redactado a partir de 1924, el gran dictador se apoyaba claramente en la biología y en la teoría de la evolución para justificar su descabellado culto a la “pureza de la raza aria”.

En 1933 fue aprobada la ley de higiene racial que permitió la esterilización de muchas personas consideradas deficientes físicos o mentales. Con el fin de purificar la sangre alemana de los “genes defectuosos” de las razas inferiores, seis millones de judíos fueron exterminados en las cámaras de gas, quemados después y sus cenizas utilizadas como abono en los campos.

Simultáneamente se practicó también una política de eugenesia positiva mediante la selección de jóvenes de ambos sexos que, según se creía, manifestaban los caracteres arios. Se crearon centros para que estas personas se reprodujeran y pudieran transmitir sus genes a la descendencia. El movimiento eugénico empezó a decaer a partir de los años treinta debido en parte a los nuevos descubrimientos de la genética, así como a la crisis económica, la gran depresión, que afectó por igual tanto a los nórdicos como a los mediterráneos. Todo esto unido al terrible escándalo provocado por el holocausto nazi en la conciencia de la humanidad, contribuyó a que la filosofía eugenética perdiera paulatinamente credibilidad.

¿Existen las razas?

La genética muestra que no hay “razas superiores” ni “razas inferiores”, como postulaba el eugenismo

Durante mucho tiempo los antropólogos mantuvieron la hipótesis de que a los seres humanos se les podía clasificar básicamente en tres razas: blanca, negra y amarilla. El color de la piel, los rasgos faciales, el aspecto de los cabellos o la forma de la nariz eran algunos de los caracteres morfológicos que permitían dividir a las personas en subespecies o razas distintas.

La clasificación propuesta en 1944 por el director del Museo del Hombre, Henri V. Vallois aumentaba ligeramente este número. Según su clasificación habría cuatro grupos raciales: australoide, negroide, europoide y mongoloide. También era esta la opinión del famoso genético evolucionista Theodosius Dobzhansky, quien en 1962 escribía que:

“las razas son un tema de estudio científico y de análisis simplemente porque constituyen un hecho de la naturaleza”

(Gould, S.J., Desde Darwin, Hermann Blume, Madrid, 1983: 258).

Hasta aquella época la mayoría de los científicos veían las razas humanas como algo evidente en sí mismo. No obstante, en 1964 once autores se empezaron a cuestionar la validez de este concepto de raza humana en el libro The Concept of Race editado por Ashley Montagu. Actualmente la mayoría de los investigadores considera que la existencia de razas distintas entre las personas, a pesar de las apariencias, no es algo evidente en absoluto. Lo que resulta evidente es la variabilidad geográfica y no las razas.

Es verdad que hay una gran diversidad humana por lo que respecta al grado de pigmentación de la piel, la estatura, la forma de la cabeza, el pelo, los labios o los ojos, pero esta gran variedad no se delimita a grupos geográficos distintos, sino que se da en casi todas las poblaciones. El color de la piel, por ejemplo, presenta una variación tan grande, no sólo entre grupos sino también dentro de cada grupo, que resulta imposible utilizarlo como criterio para establecer una clasificación racial.

Como escribe Albert Jacquard :

“El laboratorio de genética biológica de la Universidad de Ginebra ha demostrado que podemos pasar de manera continua de una población muy oscura, como los saras de Chad, a una población clara, como los belgas, mediando tan sólo dos poblaciones: los bushmen y los chaoias de Argelia. Existe un gran número de chaoias que son de piel más clara que muchos belgas, y también hay gran cantidad de chaoias más oscuros que muchos bushmen. La dispersión de esta característica proviene tanto de las diferencias entre individuos de un mismo grupo como de las que existen entre la media de los grupos”

(Albert Jacquard, Los hombres y sus genes, Debate, Madrid, 1996: 84)

Pero ¿por qué fijarse sólo en el color de la piel? Si las poblaciones humanas presentan variaciones para unos veinticinco mil pares de genes, según se cree ¿por qué tener en cuenta sólo los cuatro pares que determinan el grado de pigmentación cutáneo?

¿No sería más lógico estudiar también aquellos genes que controlan otras características como, por ejemplo, los grupos sanguíneos, el factor Rh, la hemoglobina o ciertas proteínas enzimáticas? Esto es precisamente lo que se ha hecho y el resultado ha sido la constatación de que la distribución mundial de las frecuencias con que aparecen tales caracteres no presenta ninguna coherencia geográfica. Se ha descubierto que a nivel de los genes que controlan los grupos sanguíneos ABO, un europeo puede ser muy diferente de su vecino que vive en la casa de al lado y, sin embargo, muy parecido a un africano de Kenia o a un mongol de Ulan Bator, tomados al azar.

La unidad de la especie humana es mucho más profunda de lo que hasta ahora se pensaba y el color de la piel se muestra insuficiente para justificar una clasificación racial. Esto provocó, a partir de mediados de los 60, que el concepto de “raza” fuera sustituido por el de “población” o “grupo étnico”.

Por lo tanto, no hay “razas superiores” ni “razas inferiores”, como postulaba el eugenismo, porque tampoco existen genes raciales puros. No hay variantes genéticas propias o exclusivas de una determinada etnia que estén completamente ausentes en las demás. De ahí que resulte imposible desde el punto de vista genético clasificar razas.

Los antropólogos consideran que esta inexistencia de razas en las especie humana se debe probablemente a los importantes flujos migratorios. El mestizaje que ha caracterizado siempre a las poblaciones humanas a lo largo de la historia habría impedido el aislamiento genético y por tanto, la aparición de verdaderas razas.

¿Se hereda la inteligencia?

Otro de los principios asumidos por el pensamiento eugenésico de Galton fue el de la heredabilidad de la capacidad intelectual.

Es decir, la creencia de que la inteligencia era algo innato en las personas y que únicamente dependía de la transmisión biológica de padres a hijos. Si un individuo era más inteligente que otro se debía, según tales opiniones, a que pertenecía a una raza superior.

En realidad, la idea de que el talento o el coeficiente de inteligencia es hereditario continúa teniendo sus defensores en la actualidad, como puede comprobarse en publicaciones como The Bell Curve, de Herrnstein y Murray, obra aparecida en los Estados Unidos. También es posible detectar esta creencia en ciertos analistas del Proyecto Genoma Humano, quienes afirman que cuando se conozcan bien todos los genes del hombre será posible determinar su importancia en el desarrollo de la inteligencia, así como manipularlos convenientemente para obtener individuos más inteligentes.

Uno de los primeros contratiempos sufridos por la teoría eugenésica fue el ocurrido con motivo de los “test de inteligencia” elaborados por psicólogos eugenistas del ejército estadounidense.

Tales pruebas fueron realizadas a todos los soldados durante el año 1912 y lo que se pretendía con ellas era medir el grado de inferioridad biológica que presentaban ciertos individuos, para determinar así quiénes habían de ser esterilizados.

Se examinó a un total de 1.726.000 reclutas y se descubrió con estupor que cerca de la mitad tenían que ser clasificados como débiles mentales. Las consecuencias fueron desastrosas para la credibilidad de la eugenesia y sobre todo de los test en cuestión porque o bien la mitad de la población norteamericana era mentalmente incompetente, o las pruebas selectivas estaban equivocadas.

Pero lo que resultó aún más embarazoso fue la comparación de las soluciones entre los estados del norte y los del sur. En cinco estados del norte, los soldados negros obtuvieron mejores notas que los blancos pertenecientes a ocho estados del sur. La única conclusión lógica que podía sacarse de tales resultados, según los criterios de la eugenesia, era que los negros del norte debían ser genéticamente superiores a los blancos del sur, cosa que los eugenistas no podían de ninguna manera admitir, o bien que el medio ambiente en el que se habían educado estos jóvenes era la causa determinante de su nivel de inteligencia.

El fracaso de tales exámenes planteó una vez más la controversia acerca de la heredabilidad del talento. La discusión se centraba en torno al papel que jugaban los genes y el ambiente en el desarrollo del intelecto.

Los eugenistas tendían a ignorar completamente la influencia de los factores ambientales y le daban toda la importancia a los cromosomas recibidos de los padres. Sin embargo, ciertos descubrimientos de las ciencias sociales y de la genética contribuyeron a revalorizar la educación y el ambiente. Nuevas investigaciones en psicología de la educación durante la primera infancia demostraron correlaciones importantes entre el comportamiento delictivo de algunas personas y la influencia del ambiente en el que se habían criado, su estatus económico, social y cultural. Por otro lado, el genético danés, Johannsen, trabajando con semillas de judía demostró que el peso de las mismas, aunque venía determinado genéticamente, podía variar de manera notable en función del ambiente en que las legumbres eran plantadas. Esto, unido a otros muchos estudios genéticos con similares resultados, provocó el desmoronamiento de los principales argumentos eugenistas.

En la actualidad, la mayoría de los estudiosos considera que las hipótesis basadas en un determinismo genético rígido de la inteligencia son absolutamente especulativas y carentes de suficiente base experimental. Más bien se acepta que el coeficiente intelectual está regulado probablemente tanto por factores hereditarios como por el medio ambiente, formando una unidad inseparable.

La destreza humana para hablar un determinado idioma, por ejemplo, depende tanto de los genes como de los factores ambientales. Los genes influyen en la capacidad para adquirir un lenguaje, pero es el entorno familiar del niño, la escuela y las relaciones sociales lo que despierta y desarrolla más o menos su habilidad para el aprendizaje de la lengua. De manera que un esquimal recién nacido, traído a España y educado aquí, aprenderá español y lo hablará como cualquier otro niño nativo de su edad.

A pesar de todo, la idea de que la inteligencia es una característica innata de las personas, continúa formando parte del pensamiento occidental. Todavía se dan determinados grupos, en países como Estados Unidos, que presionan para que el coeficiente de inteligencia sea tenido en cuenta a la hora de determinar el presupuesto en educación u otros servicios sociales.

No obstante, incluso aunque se supusiera que ciertas cualidades intelectuales, artísticas o musicales estuvieran determinadas directamente por “genes buenos” y deseables, como pensaba Galton, lo cierto es que la notoriedad intelectual no tendría por qué ir asociada a las cualidades físicas o a una mayor resistencia a las enfermedades. Sería muy difícil, por no decir imposible, ser bueno en todo.

Lo normal es que las personas poseyeran una mezcla heterogénea de genes “buenos” y “malos”. De manera que individuos que seguramente serían seleccionados, según los criterios eugenésicos, por su nivel intelectual, podrían no serlo si se tuviera en cuenta otros factores, como la salud o la posibilidad de contraer cualquier dolencia. Tampoco es posible hablar con propiedad de gen bueno o malo ya que en la mayoría de los casos su posible efecto negativo, perjudicial o mortal sólo se produce dependiendo de los otros genes que lo acompañan o de factores ambientales que influyen en su expresión. Por tanto, es imposible decir que un genotipo sea superior a otro en cualquier situación.

La Eugenesia Hoy

Wir stehen nicht allein: "No estamos solos”. Poster de propaganda Nazi de 1936.

La mujer sostiene un bebé y el hombre sostiene un escudo en el que se lee el nombre de la Ley de Prevención de Enfermedades Hereditarias (ley de esterilización voluntaria) de la Alemania Nazi de 1933.

La pareja aparece ante un mapa de Alemania rodeado por las banderas de las naciones que habían aprobado (izquierda) o estaban considernado la aprobación (abajo e izquierda) leyes similares.

Los países que habían aprobado leyes de esterilización obligatoria eran: Estados Unidos (1912), Dinmarca (1929), Noruega (1934), Suecia (1935), Finlandia (1935?). Los países que estaban considerando la introducción de leyes de esterilización eran: Hungría, Reino Unido, Suiza, Polonia, Japón, Letonia y Estonia.

Actualmente ya no se aceptan los programas eugenésicos de antaño, como si fueran el resultado de una religiosidad científica, impuesta por el dogma de la teoría de la evolución.

Pero lo cierto es que sin embargo aquella fe en el racismo y el evolucionismo ha sido sustituida hoy por el mito de la ciencia. La fe en el progreso científico, tan característica de la modernidad y que a pesar de su notable disminución durante la época postmoderna, todavía subsiste, continúa poseyendo en el fondo ciertos planteamientos eugenésicos.

Durante las tres últimas décadas se ha producido un cierto despertar de la eugenesia como respuesta al miedo de estar estropeando el patrimonio genético de la humanidad.

El argumento sigue siendo el mismo de la época de Galton: el progreso de la medicina lleva implícito también el desequilibrio del mecanismo de la selección natural. Los adelantos médicos consiguen que millones de pacientes portadores de genes defectuosos puedan sobrevivir y transmitir su deteriorada herencia a los descendientes. Lógicamente así no se mejora la especie sino que se perpetúan las taras genéticas.

A menudo se hace una comparación entre ecología y genética. De igual modo en que el equilibrio ecológico de la Tierra está amenazado por el excesivo desarrollo de la tecnología y la industria, también el patrimonio genético de nuestra propia especie se estaría deteriorando por culpa del progreso de la medicina.

Ejemplos claros de todo esto los constituyen ciertas enfermedades como la fenilcetonuria. Este trastorno genético se cura hoy mediante una sencilla técnica que se viene aplicando desde hace casi 40 años, permitiendo así que los genes portadores de tal dolencia pasen también a la descendencia. Lo mismo ocurre con la diabetes. Actualmente las mujeres diabéticas pueden dar a luz mucho más fácilmente que antes, pero al precio de transmitir esta enfermedad hereditaria a sus hijos y perpetuar así la existencia de factores genéticos defectuosos.

La nueva mentalidad de la eugenesia pretende solucionar en parte estos problemas por medio de medidas negativas, es decir, desaconsejando el matrimonio o la procreación a personas portadoras de graves taras hereditarias (consejo genético, cribado genético, diagnóstico prenatal). Así como mediante normativas o técnicas positivas, como la selección de gametos practicada en la inseminación artificial, o de embriones en la fecundación “in vitro”.

Las nuevas tecnologías reproductoras usan unos métodos que son en el fondo de carácter claramente eugénico ya que seleccionan a los mejores donantes de óvulos y espermatozoides, así como a los embriones humanos que se van a implantar. Tal como señala el doctor Javier Gafo: “Esta eugenesia positiva comienza hoy a ser posible y por cauces asépticos y menos hirientes a la sensibilidad que los usados en la época nazi” (Gafo, J., Problemas éticos de la manipulación genética, Ediciones Paulinas, Madrid, 1992: 56).

La competitividad propia de las sociedades occidentales, el elevado coste que supone para la medicina el cuidado de ciertos enfermos, así como la concepción hedonista y utilitarista de la vida que se ha venido desarrollando en la llamada sociedad del bienestar, hacen cada vez más difícil la aceptación de personas con graves deficiencias.

Los individuos que a causa de sus dolencias no alcanzan determinadas cotas de rendimiento o productividad tienden a ser marginados o infravalorados por esta sociedad de consumo. En un ambiente así, resulta cada vez más difícil para las familias asumir la responsabilidad de un recién nacido con minusvalías crónicas y el aborto eugenésico se contempla como la mejor solución.

La existencia de personas deficientes suele verse como algo erróneo e impropio de la actual tecnología biomédica, que debería evitarse a toda costa. Resurge así, casi de forma imperceptible, el viejo fantasma de la eugenesia y en determinadas argumentaciones vuelven a escucharse aquellos antiguos cantos de sirena nazis que pretendían convencer acerca de las “vidas sin valor vital”. ¿No se estará formando de esta manera un mundo sin espacio para los más necesitados?

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