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Evolución: Los Genes dicen "No"

Antonio Cruz, Doctor en Biología

El transformismo ha defendido siempre la idea de que el cerebro humano no es más que otro resultado de la evolución.

El alma del hombre no sería la cima perfecta de la Creación, sino sólo una desviación evolutiva poco perfecta del estúpido cerebro de un mono.

Sampedro lo expresa así:

“la inteligencia humana nos puede parecer cualitativamente distinta de la de cualquier otro animal, pero nada impide tratarla biológicamente como el último eslabón de un continuo histórico. La razón del salto cualitativo que apreciamos hoy entre los humanos y los monos es, simplemente, que las formas intermedias de la evolución del cerebro se han extinguido.”

(Sampedro, Deconstruyendo a Darwin, 2002: 161)

El mismo problema que preocupaba a Darwin es hoy el aguijón sobre el que continúa dando coces el evolucionismo. Los fósiles entre los primates y la especie humana que deberían apoyar la evolución del cerebro, siguen tan perdidos como en el siglo XIX.

 Una ojeada al pretendido árbol genealógico del hombre (al último de ellos) pone de manifiesto que lo que realmente ha evolucionado en el tiempo han sido dichos árboles. Casi cada paleoantropólogo propone el suyo, que curiosamente suele girar en torno a los restos fósiles descubiertos por él o por su propio grupo. No hay una disciplina que genere tanta rivalidad profesional como ésta. A pesar de todo, la mayoría de los antropólogos evolucionistas cree hoy que el estudio de los fósiles, de lo que ellos llaman homínidos, refleja más bien continuidad que cambio o transformación.

En otras palabras, la teoría del equilibrio puntuado de Gould y Eldredge le gana al gradualismo de Darwin por cinco a cero y en su propio campo. A nosotros esto nos parece una victoria pírrica pues ya vimos las lagunas que presenta esta teoría.

En efecto, se cree que en África, cerca del Lago Turkana (Kenia), aparecieron unas veinte especies distintas de Australopithecos cuyos restos han sido encontrados en estratos pertenecientes al Plioceno y datados entre los 2.5 y los 4.5 millones de años de antigüedad, según la cronología evolucionista. No se aprecia en ninguna de estas especies el más mínimo cambio evolutivo que permita deducir que poco a poco se convirtieran en alguna otra especie distinta. Lo mismo cabe decir de los demás homínidos, de aquellos fósiles que se clasifican en el género Homo, que aparecen en Etiopía y coexisten con los Australopithecus durante casi un millón de años.

Tampoco hay señales de transición gradual entre Homo habilis y Homo erectus ya que ambas especies aparecen en los estratos casi a la vez. No se conoce transición alguna entre Homo erectus y cualquier otra especie de ese género (H. ergaster, H. sapiens, H. neanderthalensis, H. antecessor, H. rhodosiensis u H. heidelberguensis). Los árboles evolutivos y las relaciones entre especies se construyen de manera hipotética pues están basados en meras conjeturas o asunciones previas. La realidad es que las especies siempre permanecen estables durante millones de años, nunca se observan evidencias de transición entre una especie y otra. ¿Qué significa todo esto? Más que el dibujo de un árbol de familia, los fósiles indican islas en medio de un océano oscuro y nebuloso.

Lo más espectacular viene ahora. En la prestigiosa revista Nature, en marzo del 2002, el evolucionista molecular Alan Templeton, de la Universidad de Washington hizo público un estudio acerca de las comparaciones de ADN en los seres humanos actuales. Sus conclusiones revolucionan completamente la antropología.

Ya no se habla de huesos fósiles, sino de genes presentes en los humanos actuales que se consideran fósiles del pasado. Si Templeton tiene razón, todas las especies fósiles conocidas, tales como Homo erectus, Homo antecessor, Homo heidelbergiensis, Homo neanderthalensis y Homo sapiens, son en realidad la misma y única especie humana.

Esto supone un cambio fundamental de paradigma dentro de la antropología ya que confirma que los pretendidos eslabones fósiles no eran más que variedades humanas. En otras palabras, no existe evidencia de que el hombre haya evolucionado a partir del primate. Las personas siempre han sido personas y los monos monos.

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