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La Detectabilidad del Diseño Inteligente

Santiago Escuain, Graduado en Ingeniería Técnica en Procesos Químicos

Lo que se considera inaceptable — es que el Diseño Inteligente se pueda detectar objetivamente.

Este es el verdadero campo de batalla en la controversia del darwinismo contra la tesis del diseño inteligente de las estructuras de la vida y de los organismos como un todo integrado. En Romanos 1:18-20 se nos dice claramente que los que niegan la realidad del Dios Creador como fuente de vida, lo hacen negando la evidencia misma («detienen con injusticia la verdad»).

El mundo tolerará la «religión» siempre que se presente como un salto de fe sin ningún contacto con la realidad objetiva o con la verdad histórica.

En tal caso se la considerará inofensiva. Lo que el mundo no tolera, ni tolerará, es el planteamiento de una fe racional (que no racionalista) fundamentada en realidades, las realidades de que Dios está presente, con el testimonio evidente de Sus obras, y de que Dios ha actuado de forma efectiva en medio de la Historia, que Dios ha hablado, y que Dios ha culminado esta revelación en tanto que el Hijo de Dios se hizo hombre en una Encarnación sobrenatural y se nos manifestó también en medio del tiempo y del espacio de este mundo, participando de nuestra sangre y de nuestra carne.

Y el mundo tampoco tolera que esta manifestación tenga el soporte de un testimonio irrefutable. Esta posición, sobria, fundamentada, es atacada con calificativos como «extremismo religioso» y tildada de «peligrosa» desde muchas instancias mundanas. De hecho, esta postura se enfrenta en abierto contraste con presentaciones edulcoradas y descafeinadas de un cristianismo falsamente entendido que acaba negando o relativizando la Palabra de Dios, y que el mundo acepta —el mundo acepta todo aquello que le pertenece, pero no aquello que procede del Dios manifestado en Cristo Jesús, que fue rotundamente rechazado por el mundo.

La fe racional, fundamentada en la verdad de un Dios que se hace evidente por las cosas hechas, y ello hasta el punto de que aquellos que lo niegan «no tienen excusa» (Romanos 1:20), y en la realidad de un Dios que se manifestó de muchas formas y maneras a lo largo de la historia de los hombres, hasta que se manifestó de forma plena en Jesucristo (Hebreos 1:1-4), es una amenaza para la incredulidad. Esta fe tiene los verdaderos argumentos que dejan sin respuesta a los que se manifiestan como adversarios de Dios. Esta fe racional es el verdadero enemigo de la incredulidad.

Una «fe» meramente mística en Dios, disociada de la realidad, es bien tolerada. Una fe en la Palabra del Dios que se manifiesta de manera innegable en Sus obras llama a las armas a las huestes materialistas. Aquí será necesario repetir lo que dice abiertamente Richard Lewontin, el célebre genetista de Harvard y materialista confeso:

«... tenemos un compromiso previo, un compromiso con el materialismo. No se trata de que los métodos y las instituciones de la ciencia nos obliguen de alguna manera a aceptar una explicación material del mundo fenomenológico, sino al contrario, que estamos obligados por nuestra adhesión previa a las causas materiales a crear un aparato de investigación y un conjunto de conceptos que produzcan explicaciones materiales, no importa cuán contrarias sean a la intuición, no importa lo extrañas que sean para los no iniciados. Además, este materialismo es absoluto, porque no podemos permitir un Pie Divino en la puerta.»

New York Review of Books (9 de enero de 1997, p. 31).

Así, el argumento del Designio y de un Diseño Inteligente del Universo y de las estructuras y de las formas de la vida es, para el materialismo, el gran enemigo a batir. Y el enfrentamiento con el (neo)darwinismo como explicación propuesta desde el materialismo como explicación del origen y del desarrollo de las diferentes estructuras y formas de la vida es necesariamente directo. Y emocional.

Desde siempre ha habido materialistas y ateos. Solo es necesario recordar personajes históricos como el griego Demócrito (ca. 460 a.C. — ca. 370 a.C.) y el romano Lucrecio (1r. siglo a.C.), lo que demuestra que no se trata de un fenómeno reciente debido a la iluminación de la ciencia. De hecho, las propuestas del darwinismo fueron acogidas calurosamente por un gran público educado en la Ilustración, dirigido por toda una elite educada en el rechazo de un Dios que interviene y que se manifiesta soberanamente.

La aparente verosimilitud del mecanismo de la Selección Natural, dado el estado del desconocimiento de la verdadera naturaleza y fuentes de la variabilidad en los seres vivos, dio alas a los materialistas, que creyeron que la Selección Natural era el gran motor para aquella evolución en la que los materialistas ya creían desde la época de los antiguos filósofos griegos. Lo que les faltaba a los materialistas era un mecanismo que justificase su creencia en este origen de todos los seres vivos por azar y ley natural, sin ninguna intervención divina. Y fue la Selección Natural propuesta por Darwin lo que les pareció en aquel tiempo este mecanismo verosímil. Y así es como Richard Dawkins, uno de los materialistas y ateos más militantes de la actualidad, pudo decir que

«Darwin hizo posible el ser un ateo intelectualmente satisfecho»

p. 9 de The Blind Watchmaker [El relojero ciego].

En realidad, y ya desde el principio, el mismo Darwin no sentía una gran seguridad acerca de su propia teoría. Estaba emocionalmente muy apegado a ella, pero ante argumentos como el de la complejidad del diseño del mismo ojo, y de otras estructuras, llega a decir que

«En mí siempre surge la horrible duda de si las convicciones de la mente humana, que se ha desarrollado procedente de la mente de los animales inferiores, son de valor alguno o en absoluto fiables. ¿Confiaría nadie en las convicciones de la mente de un mono ...?»

Carta de C. Darwin a William Graham , del 3 de julio de 1881.

Y la propuesta y la justificación rigurosa de la inferencia del Designio y de la necesidad de un diseño, tanto en base de lo que ya se conocía en tiempos de Darwin como también —y ello de forma abrumadora— debido a todo el conocimiento acumulado a lo largo de los últimos 60 años acerca de todos los mecanismos del funcionamiento y de reproducción de las células y de la coordinación de los diferentes tejidos en los procesos biológicos de los organismos pluricelulares, vuelve a dejar a los materialistas sin aquella aparente justificación que creían tener con el mecanismo propuesto por Darwin para el origen y desarrollo de las formas de vida.

Objetivamente, la situación vuelve a ser predarwinista. Los materialistas aceptan y creen que ha habido una evolución, pero el mecanismo de esta evolución, que durante un tiempo se creyó que había quedado resuelto por Darwin, es en la actualidad tema de intensas polémicas.

Las investigaciones científicas han desvelado la estructura fundamental de la vida, y que su constitución, control y reproducción se basan en sistemas de archivo, tratamiento, transcripción y expresión de Información, de una naturaleza y de una complejidad que dan evidencia de que son la plasmación del propósito de una Super-Inteligencia. El gran problema al que se enfrentan los materialistas es el del origen de la información que aparece en el trasfondo de todos los sistemas orgánicos y de la constitución de toda la nanomaquinaria que realiza las funciones celulares. Los materialistas se aferran a su paradigma de azar y de ley natural como explicación necesariamente suficiente para el origen de las formas de vida y de sus mecanismos, pero este paradigma carece realmente de una verdadera respuesta a la pregunta: ¿cuál es el origen de la información biológica?

Pierre P. Grassé, eminente zoólogo francés, ya en 1973 planteaba lo siguiente con referencia a este problema:

«Ante una obra humana, cree saberse de dónde procede el ingenio que contiene y que le ha dado forma; pero cuando se trata de un ser vivo, nadie jamás lo ha sabido, ni Darwin ni Epicuro, ni Leibnitz ni Aristóteles, ni Einstein ni Parménides. Solo un acto de fe puede llevarnos a adoptar una hipótesis en lugar de otra. La ciencia, que no acepta ningún credo, o que en todo caso no lo debería aceptar, confiesa su ignorancia, su impotencia para resolver este problema que, estamos seguros de ello, existe y es real. Si investigar el origen de la información en un ordenador no es un falso problema, ¿por qué lo habría de ser cuando se trata de la información que se contiene en los núcleos de las células?»

Grassé, P. P., L’Evolution du Vivant, Éditions Albin Michel: París, 1973, p. 15

Así, ya no se trata solo de la evidencia de estructuras de gran perfección, no solo del ojo, ni en general de todas las estructuras de la vida, que aportan evidencia de un diseño inteligente gobernado por un Designio que expresa la sabiduría y el poder de Dios. Tenemos mucho más. En la actualidad se ha acumulado la evidencia de todo un sistema informático en la base misma de la vida y de todas sus expresiones. Y este hecho de esta información incorporada con unas magnitudes tan más allá de toda medida nos lleva a una realidad ineludible:

«En el principio era el Verbo, y el Verbo era con Dios, y el Verbo era Dios. Este era en el principio con Dios. Todas las cosas por él fueron hechas, y sin él nada de lo que ha sido hecho, fue hecho. En él estaba la vida, ...»

Evangelio de Juan, 1:1-4

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