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La Educación Darwinista

Phillip Johnson, Doctor en Jurisprudencia

El Museo Británico de Historia Natural, situado en un magnífico edificio victoriano en el distrito del Gran Londres de South Kensington, celebró su centenario en 1981 inaugurando una nueva exhibición acerca de la teoría de Darwin. Una de las primeras cosas que se encontraba el visitante al entrar en la exhibición era un cartel que decía lo siguiente:

«¿Se ha preguntado usted alguna vez por qué hay tantas clases diferentes de seres vivientes? Una idea es que todos los seres vivientes que vemos en la actualidad han EVOLUCIONADO a partir de un antecesor distante mediante un proceso de cambios graduales. ¿Cómo pudo tener lugar la evolución? ¿Cómo pudo una especie cambiar a otra? La exhibición en este local contempla una posible explicación: la explicación primero ideada por Charles Darwin».

Un cartel que había al lado incluía esta declaración:

«Otra explicación es que Dios creó todos los seres vivientes, perfectos e inmutables».

Un folleto afirmaba que «el concepto de evolución por selección natural, hablando estrictamente, no es científico», porque ha sido establecido por deducción lógica y no por demostración empírica. El folleto hacía la observación de que «si la teoría de la evolución es cierta», proporciona una explicación para la disposición de «grupos dentro de grupos» de la naturaleza que habían descrito los taxónomos. El tenor general de la exhibición era que el darwinismo era una teoría importante, pero no algo de lo que sea irrazonable dudar.

Destacados científicos reaccionaron furiosamente ante estas expresiones relativizadoras. El escenario de la controversia fue el editorial y las páginas de correspondencia de la principal revista científica británica, Nature. L. B. Halstead, un campeón del neodarwinismo, inició la controversia en la que atacaba no sólo la exhibición sobre Darwin, sino también las nuevas exhibiciones en el Museo sobre dinosaurios y evolución humana. Lo malo acerca de todas estas exhibiciones, a decir de Halstead, era que empleaban un sistema de clasificación conocido como cladismo, que supone que no se puede identificar ninguna especie como antecesora de ninguna otra especie.1 Describía luego la literatura cladística como llena de «ultrajes contra Ernst Mayr y George Gaylord Simpson, y desde luego contra el mismo Charles Darwin», porque estos grandes hombres se habían adherido firmemente a «la idea de que los procesos que se pueden observar en la actualidad son suficientes, cuando se extrapolan al pasado, para explicar los cambios observados en el registro fósil».

Halstead lanzaba la acusación de que algunas de las exhibiciones podrían ser interpretadas como atacando no sólo al darwinismo, sino a la misma evolución. Por ejemplo, la exhibición sobre «El puesto del Hombre en la Evolución» negaba de manera explícita que el Homo erectus fuese un antecesor directo del Homo sapiens, de modo que «Ahora el Museo de Historia Natural está anunciando abiertamente lo que los creacionistas han estado insistiendo durante años».

Pero no eran creacionistas aquellos a los que Halstead acusaba de estas transgresiones, sino marxistas. Los marxistas suelen preferir un modelo de cambio evolutivo que proceda con estallidos rápidos y no por gradualismo constante, porque concuerda con su perspectiva de que el cambio social tiene lugar mediante un salto revolucionario de un tipo de estado a otro. En cambio, el gradualismo de Darwin tiene semejanzas innegables con el modelo de mejora social gradual por medio de competencia económica libre y reforma democrática que había sido tan ampliamente aceptado en la Inglaterra Victoriana. Halstead no presentó evidencias concretas de ninguna motivación marxista entre los científicos del Museo, pero afirmó que el Museo estaba dando apoyo a la teoría marxista, «bien inadvertidamente, bien a sabiendas», al arrojar dudas sobre el gradualismo darwinista.2

La acusación de motivación política fue un buen entretenimiento, pero la cuestión sustancial era que el personal del Museo se estaba «manifestando públicamente» con dudas acerca del neodarwinismo e incluso acerca de la existencia de antecesores fósiles —dudas que anteriormente habían sido expresadas sólo en círculos profesionales. De manera específica, algunas de las exhibiciones sugerían que la teoría ortodoxa encontraba su apoyo en un cierto tipo de lógica y no en la evidencia científica. Un reportaje en Nature citaba lo que les decía uno de los científicos decanos del Museo al público en una conferencia filmada:

La supervivencia de los más aptos es una frase vacía; es un juego de palabras. Por esta razón, muchos críticos creen que no sólo la idea de evolución es acientífica, sino que también lo es la de la selección natural. De nada sirve preguntar si deberíamos creer o no en la idea de selección natural, porque es la consecuencia lógica ineludible de un conjunto de premisas.…
La idea de evolución por selección natural es cosa de lógica, no de ciencia, y sigue que el concepto de evolución por selección natural, hablando estrictamente, no es ciencia.…
En el caso que aceptemos que la evolución ha sucedido, aunque evidentemente hemos de mantener una mente abierta acerca de ello.…
No podemos demostrar que esta idea es verdadera, sólo que aún no ha sido demostrada falsa. Puede que algún día sea reemplazada por una teoría mejor, pero hasta entonces.…

El reportero comentaba: «Si ésta es la voz de nuestros amigos y defensores, ¡que la Creación nos proteja entonces de nuestros enemigos!»

Un editorial en Nature, titulado «Darwin's Death in South Kensington [La muerte de Darwin en South Kensington]», aporreaba a los delincuentes con preguntas retóricas:

¿Podría ser que los gestores del Museo, que es lo más parecido a una ciudadela del darwinismo, han perdido la sangre fría, por no hablar de su buen sentido? … Nadie discute que en la presentación pública de la ciencia es bueno, siempre que sea apropiado, decir que las cuestiones disputadas están en duda. ¿Pero es que la teoría de la evolución sigue siendo una cuestión abierta entre los biólogos serios? Y si no, ¿a qué propósito pueden servir estas palabras equívocas, aparte el de un confusionismo general?

El editorial especulaba que la exhibición tenía que haber sido diseñada por alguien sin un estrecho contacto con el personal científico del Museo, porque la mayoría de aquellos distinguidos biólogos «preferirían perder la mano derecha antes que comenzar una oración con la frase “Si la teoría de la evolución es cierta, …”». Esto suscitó una indignada respuesta de veintidós de los distinguidos biólogos, que se sentían «atónitos» al ver que Nature fuese a «abogar por que una teoría sea presentada como un hecho». Los biólogos escribieron que «No tenemos una prueba absoluta de la teoría de la evolución», aunque, añadían, sí tenemos «una evidencia circunstancial abrumadora en su favor, y por ahora no tenemos una mejor alternativa». Concluían, quizá ingenuamente, que «la teoría de la evolución sería abandonada mañana mismo si apareciera una teoría mejor».

El intercambio de cartas y de comentarios editoriales prosiguió durante meses. Los editores de Nature descubrieron demasiado tarde que el darwinismo era cosa más polémica entre los científicos que lo que ellos pensaban, e intentaron adoptar una línea más moderada en un artículo de fondo acerca de los límites de la duda legítima. Este esfuerzo —con el provocativo título de «How True is the Theory of Evolution? [¿Cuán cierta es la Teoría de la Evolución?]»— contribuyó a la confusión generalizada al hacer concesiones que deben haber sido más alarmantes para los darwinistas que las exhibiciones en el Museo. Los editores interpretaron a Karl Popper como habiendo dicho que el darwinismo es a la vez metafísico y no falsable, concedieron imprudentemente que esta descripción es «técnicamente correcta» y luego respondieron con bien poca convicción que «la teoría de la evolución no carece totalmente de apoyo empírico» y que «las teorías metafísicas no son necesariamente malas teorías».

Este ensayo en divagación pasó a reconocer que «grandes sectores del público general son escépticos acerca del darwinismo», y apremió al Museo a desafiar a estos escépticos, arrojando luz sobre los temas bajo discusión. Los escépticos fueron distribuidos en dos categorías: «Aunque algunos dudan acerca del darwinismo por razones respetables, otros pretenden que el curso de los acontecimientos pueden ser determinados por influencias literalmente sobrenaturales. Las teorías de este tipo no son siquiera metafísicas —son sencillamente acientíficas». El artículo apremiaba a que el «agnosticismo» (acerca de la veracidad absoluta de las teorías científicas) no sea «llevado demasiado lejos», para evitar desmoralizar a los científicos. Aunque concedía que en general se debían abandonar los prejuicios, Nature insistía en que «hay un prejuicio que sí es permisible, incluso necesario — el concepto primordial de que se pueden erigir teorías para explicar todos los fenómenos observables».

El editorial de Nature no sólo implicaba que el darwinismo es un sistema metafísico sustentado en parte por la fe, sino que cortejó el desastre de lleno al alentar al Museo a educar al público acerca de los problemas probatorios que hacen que algunas personas se vuelvan escépticas acerca del darwinismo. Esto difícilmente podía quedar así, y pocas semanas después Nature publicaba otro artículo que intentaba arreglar el estropicio. Decía que aunque «ningún biólogo puede negar la posibilidad de que Dios crease al hombre, pocos dudarían que, si lo hizo, el mecanismo que escogió emplear fue el que discernió Darwin».3 El deber del Museo no era el de condescender a los que dudaban, sino defender la causa del evolucionismo:

Frente a las presiones organizadas de sectas religiosas y místicas, los evolucionistas precisan de una cierta organización para exponer sus perspectivas, que sostienen de forma no menos ferviente, de la manera más convincente que sea posible. No que se deba descender a medias verdades ni a la doblez de la propaganda política. Pero debería ajustar los términos de su mensaje a los que quieran darle atención, en lugar de embotar su filo con el repiqueteo bizantino de la filosofía de la ciencia.

Los cladistas también ganaron algunos puntos en el debate. Particularmente mordaz fue la carta de Gareth Nelson:

Para consternación, a veces aguda, de los miembros de mentalidad más funcionarial de esta profesión, la cladística trata los fósiles de una forma secular —no como una revelación sino como algunos entre tantos otros especímenes biológicos sujetos a una interpretación que es susceptible, y que es de esperar que sea, diversa, especialmente tocante a los detalles.… Por muy razonable que pueda ser este tratamiento para el de fuera, el efecto emocional para este tipo de paleontólogo involuntariamente enfrentado con la cladística (como he podido observar en más ocasiones que las que quisiera recordar) no es diferente de la que experimenta un ministro fundamentalista al que se le fuerza sin él solicitarlo el concepto de que la Biblia es sólo un libro entre muchos. Es suficiente con decir que más de una clase de iglesia se ha edificado sobre roca.

Sin embargo, prevaleció la postura de que la presentación a los visitantes del Museo del concepto de que El Origen de las Especies es sólo uno entre muchos libros sólo serviría para confundirlos. Anthony Flew, un filósofo renombrado por su defensa del darwinismo, ateísmo y pensamiento claro, explicó posteriormente todo el episodio como un abuso de confianza de unos «funcionarios» (es decir, los científicos del Museo) que tenían el deber de exponer la verdad establecida en lugar de confundir al público con opiniones no ortodoxas. Denunció a aquellos arribistas por su «abuso de los recursos de una institución del estado para intentar de introducir [su teoría favorita, el cladismo] a todas las personas inocentes y predominantemente legos jóvenes que visitan estas galerías públicas, como si ya fuese parte del consenso establecido entre todos los mejor calificados para juzgar».

Flew informaba que «el material ofensivo ha sido desde entonces retirado, y más deprisa hubieran podido hacerlo». Tal como este comentario significaba, el Museo había cedido ante las presiones. El portavoz del Museo explicó (en una carta a Nature) que el intento del personal por evitar el dogmatismo en su presentación del darwinismo había desafortunadamente dado una impresión distinta de la deseada». El fragmento de película que calificaba a la supervivencia de los más aptos de frase vacía fue eliminado en el acto, y luego siguió una limpieza más general de las exhibiciones.

Cuando yo visité el Museo en 1987, las exhibiciones no contenían nada que pudiese alertar al observador de la calle acerca del hecho que haya cosas polémicas en la teoría de Darwin. Por ejemplo, el infame cartel de la «una posible explicación» en la entrada de la exhibición de Darwin había sido reemplazado con el siguiente y tranquilizador mensaje:

Cuando nos comparamos con nuestros parientes fósiles, encontramos pruebas de que el hombre ha evolucionado.
El trabajo de Darwin dio un fuerte sustento a la idea de que todos los seres vivientes han evolucionado a las formas que vemos en la actualidad mediante un proceso de cambio gradual a lo largo de muy largos períodos de tiempo.
Esto es lo que queremos decir por evolución.
Muchas personas encuentran que la teoría de la evolución no entra en conflicto con sus creencias religiosas.

Las «palabras equívocas» en la exhibición original insinuaban claramente que había bases para dudar acerca del darwinismo, pero no habían dado una indicación clara de cuáles podían ser precisamente las bases para la duda. Como explicó el portavoz del Museo en una entrevista, las exhibiciones no abordaban problemas como la ausencia de formas de transición en el registro fósil, el repentino estallido de formas complejas de vida al comienzo de la Era Cámbrica, la dificultad de explicar el origen del código genético, los límites al cambio que se hacen patentes en los experimentos de crianza, la controversia sobre «el monstruo viable», la controversia acerca del equilibrio puntuado, ni la importancia de las extinciones por causas catastróficas. Desde el punto de vista de un crítico informado, incluso la exhibición original era más una tapadera que una sincera exhibición de las dificultades del darwinismo. El portavoz observó sin embargo que el Museo había hecho una larga andadura desde la anterior exhibición sobre evolución hacía veinte años, cuando el director (Sir Gavin de Beer) «escribió un manual en el que se decía que en esta época la evolución se acepta como un hecho, y que la selección natural es su mecanismo, punto final. Por lo que a él se refería, todo lo interesante y conceptual estaba totalmente solucionado, y no había nada más en que pensar».

La batalla del Museo Británico de Historia Natural mostró que los creacionistas no son necesariamente culpables del hecho de que los educadores tiendan a ceñirse a generalidades cuando presentan la evidencia de la evolución a los jóvenes. Los darwinistas se resienten mucho si su teoría es presentada a las personas impresionables de una manera susceptible a alentar a las dudas. Por ejemplo, una explicación del equilibrio puntuado puede dar a los escépticos la impresión de que los darwinistas están fabricando unas pobres excusas para su incapacidad de encontrar datos fósiles que presten apoyo a sus afirmaciones acerca de la macroevolución. No importa cuán fervientemente los expertos insistan en que están sólo discutiendo acerca del ritmo de la evolución gradualista y no acerca de si realmente sucedió. Algunos inteligentes adolescentes pueden pensar que quizá los datos no están ahí porque nunca hubo transiciones graduales. Para los darwinistas, la enseñanza de la evolución no significa alentar a mentes inmaduras —o maduras, es igual— a que piensen acerca de posibilidades inaceptables.

California es un estado con una población diversa que incluye a muchos creacionistas, y también a una comunidad científica numerosa y asertiva. A principios de la década de 1970, los creacionistas persuadieron a la Junta Estatal de Educación a que adoptase una «Política de antidogmatismo», pero, más recientemente, los educadores científicos han contraatacado. Presionaron a la Junta Estatal de Educación para que dictase unas normas claras mandando la enseñanza de la evolución tal como la entienden los darwinistas.

Después de mucho debate, la Junta adoptó a principios de 1989 una Declaración de principios acerca de la Enseñanza de Ciencia. Aunque todo el propósito de la nueva política es alentar a un tratamiento más extenso de la evolución en las aulas y en los libros de texto, la Declaración de principios misma no se refiere de manera explícita a la evolución. Los educadores prefirieron hacer una declaración más general acerca de «ciencia», porque no querían conceder que la evolución es un caso excepcional que involucra cuestiones religiosas o filosóficas diferentes de las que se presentan en otras áreas de la ciencia.

En apariencia, la Declaración de principios es razonable y amplia. Comienza diciendo que la ciencia se ocupa de hechos e hipótesis susceptibles de prueba acerca del mundo natural, y no acerca de la creación divina, propósitos últimos ni causas últimas. Estos temas no científicos están relegados a los currículos de literatura y estudios sociales. La Declaración de principios enfatiza que ni la ciencia ni ninguna otra cosa se debería enseñar de forma dogmática, porque «imponer creencias no es consecuente con la meta de la educación», que es alentar al entendimiento. La Declaración de principios incluso repite esta importante distinción entre creer y comprender: «Para ser ciudadanos plenamente informados, los estudiantes no tienen que aceptar todo lo que se enseña en el currículo de las ciencias naturales, pero sí tienen que comprender las grandes líneas del pensamiento científico, incluyendo sus métodos, hechos, hipótesis, teorías y leyes».

La Declaración de principios pasa a explicar que los hechos, teorías e hipótesis de la ciencia están sujetos a ensayo y rechazo; este rasgo los distingue de las creencias y dogmas, que no se ajustan al criterio de verificación por ensayo y que por tanto son inapropiadas para su consideración en las clases de ciencia. Los profesores de ciencia están profesionalmente obligados a limitarse a la ciencia, y deberían alentar respetuosamente a los estudiantes a discutir los temas fuera del dominio de la ciencia con sus familias y el clero.

Una persona no sabedora de los matices de la distinción conocimiento-creencia podría imaginarse que la Declaración de principios protege el derecho de los estudiantes creacionistas a poner en tela de juicio la veracidad de la evolución, siempre y cuando «comprenda» el tema. Pero esto sería un malentendido, porque desde una perspectiva darwinista no es más posible comprender la evolución y no creerla que comprender la aritmética y pensar que dos por cuatro son siete. Para los darwinistas, la evolución plenamente naturalista es un hecho a aprender, no una opinión a discutir. Un estudiante puede dejar de creer en silencio, pero ni los estudiantes ni los profesores pueden discutir en clase las bases para no creer, cuando otros estudiantes pudiesen resultar infectados.

El propósito de la Declaración de principios no es proteger a los disidentes, sino establecer una justificación filosófica para enseñar la evolución naturalista como un «hecho» en un sistema educativo que esté al menos nominalmente opuesto al dogmatismo. La justificación es que la ciencia es un mundo aparte debido a la excepcional fiabilidad de sus métodos. Los hechos y teorías de la ciencia están sujetos a prueba continua, mientras que las creencias filosóficas y religiosas «se basan, al menos en parte, en fe, y no están sujetas a prueba y refutación científica». Aunque imponer creencias es inconsistente con la meta de la educación, imponer conocimiento es de lo que trata la educación. Los que comprenden las palabras clave saben que todas estas generalidades están pensadas para establecer un único punto específico: que la evolución naturalista pertenece a la naturaleza del conocimiento, no de las creencias, de modo que la resistencia a la misma surge de la ignorancia, que la educación con justicia quiere eliminar.

La Declaración de principios fue seguida por una guía curricular llamada el Marco científico, que dice a los editores de libros de texto qué enfoque han de adoptar si quieren que sus libros sean aceptables en el enorme mercado californiano. El Marco da un culto externo al principio de que la enseñanza debería ser no dogmática, pero también comunica el claro mensaje de que el propósito de la instrucción en evolución es persuadir a los estudiantes a creer en la teoría ortodoxa. Las principales áreas de dificultad quedan ignoradas o minimizadas. Se exhorta a los profesores a tranquilizar a los estudiantes acerca de que la ciencia es una empresa fiable y autocorrectiva, que las objeciones científicas a las doctrinas aceptadas ya han sido consideradas y rechazadas por la comunidad científica, y que la evolución es un «hecho científicamente aceptado».

El lenguaje con el que se dice todo esto parece calculado más para ocultar información que para revelarla. Por ejemplo, en lugar de reconocer que la ciencia no puede demostrar cómo pueden surgir complejas estructuras adaptativas mediante mutación al azar y selección, el Marco provee una distinción sin sentido entre «selección natural» y «adaptación»:

La selección natural y la adaptación son conceptos diferentes. La selección natural se refiere al proceso por medio del que aquellos organismos cuyas características biológicas los adecúan mejor a sus ambientes son mejores representados en futuras generaciones. … Adaptación es el proceso por el que los organismos responden a los retos de su medio ambiente, por medio de la selección natural con cambios y variaciones en su forma y conducta.

La incapacidad de los paleontólogos de identificar antepasados fósiles específicos para cualquiera de los principales grupos se afronta de manera oblicua con una sola frase: «El descubrimiento de las relaciones evolutivas es menos una búsqueda de antecesores que de grupos que estén más estrechamente relacionados entre sí». Las notorias controversias acerca del ritmo de la macroevolución quedan tapadas con la observación de que el gradualismo es la norma, excepto cuando no es la norma.

Aunque la mayor parte de cambios en organismos ocurren en pequeños pasos en un largo período de tiempo, algunos principales cambios biológicos han tenido lugar durante intervalos relativamente breves y en ciertos puntos en la historia de la tierra. Estos incluyen la evolución, diversificación y extinción de mucha vida fósil.

Finalmente, el Marco incluye una tabla para ilustrar la enorme regularidad en las divergencias de la secuencia de citocromo c. Este fenómeno del llamado «reloj molecular» contradecía las expectativas basadas en la teoría de la selección natural, y exigió la invención de la teoría neutral de evolución molecular. El Marco comenta que la tabla «muestra cuán regular ha sido la tasa de la evolución molecular en estos cambios de secuencias de aminoácidos. Sus resultados son exactamente lo que sería de esperar y son predichos por la teoría de la evolución».4

En su sección introductoria, los autores del Marco exaltan la ciencia como «un viaje sin límites de gozosa exploración», y destacan la importancia de inspirar a los estudiantes con el entusiasmo de la empresa científica. Pero esta sensación de entusiasmo no se supone que se ha de extender a las cuestiones fundamentales acerca de la evolución. A los estudiantes se les alienta a pensar acerca de profesiones en biotecnología, pero resolver el misterio de la evolución está fuera de debate, porque los darwinistas han de insistir acerca de que no hay misterio. La «cuestión conceptual que interesa» esta totalmente solucionada, y sólo queda que completar los detalles.

La recomendación más constructiva del Marco es que los profesores y los escritores de libros de texto eviten toda terminología que implique que los juicios científicos son asunto de preferencia subjetiva o de mayorías o minorías.

A los estudiantes nunca se les debería decir que «muchos científicos» piensan así o asá. La ciencia no debe ser decidida por votos, sino por pruebas. Tampoco se les debería decir a los estudiantes que «los científicos creen». La ciencia no es cosa de creencia; es más bien asunto de evidencia que puede ser sometida a las pruebas de la observación y del razonamiento objetivo. … Se debe mostrar a los estudiantes que nada en la ciencia se decide sólo porque alguien importante dice que es así (autoridad) o porque es la manera en que siempre se ha hecho (tradición).

Sin embargo, el Marco contradice inmediatamente este mensaje, al definir «evolución» sólo de una manera vaga, como «cambio a través del tiempo». Un concepto vagamente definido no puede ser sometido a prueba mediante observación y razonamiento objetivo. Luego, el Marco nos apremia a que creamos en este vago concepto porque tantos científicos creen en él: «Es una explicación científica aceptada y por ello no más polémica en los círculos científicos que las teorías de la gravedad y del flujo electrónico». Es inevitable apelar a la autoridad, porque los educadores darwinistas no se pueden permitir revelar que su teoría descansa directamente sobre lo que la Declaración de principios llama creencias filosóficas que no están sujetos a prueba y refutación científicas.

Los científicos darwinistas creen que el cosmos es un sistema cerrado de causas y efectos materiales, y creen que la ciencia ha de poder dar una explicación naturalista de las maravillas de la biología que parecen haber sido diseñadas con un propósito. Sin adoptar estas creencias no podrían deducir que existieron antecesores comunes para todos los principales grupos del mundo biológico, o que las mutaciones aleatorias y la selección natural pueden reemplazar a un diseñador inteligente. Ninguna de estas creencias fundamentales es empíricamente susceptible de prueba, y, según la Declaración de principios, ninguna de ellas pertenece al aula de ciencias.

Los darwinistas han cometido un grave error estratégico al decidir emprender una campaña de adoctrinamiento en las escuelas públicas. Anteriormente, los libros de texto de instituto decían relativamente poco acerca de la evolución, excepto que la mayoría de los científicos creen en ella, lo que es difícil de rebatir. El examen serio de la evidencia científica se posponía hasta la universidad, y se daba mayormente a los que emprendían estudios de biología y a los estudiantes graduados. La mayoría de las personas fuera de esta profesión tenían poca oportunidad de enterarse de cuánta filosofía se enseñaba con el nombre de ciencia, y, si sabían lo que estaba sucediendo, no tenían oportunidad de presentar un desafío efectivo.

Los mismos darwinistas han cambiado esta cómoda situación al demandar que las escuelas públicas enseñen mucho más «sobre evolución». Lo que quieren decir es que las escuelas públicas deberían intentar persuadir más enérgicamente a los estudiantes a que crean en el darwinismo, no que se presente de manera equilibrada la evidencia que está causando tantos problemas al darwinismo. Pero lo que pasa en las escuelas públicas es cosa que atañe a todo el público, e incluso los creacionistas tienen derecho a señalar errores y evasiones en los libros de texto y materiales de enseñanza. Las invocaciones a la autoridad puede que sirvan durante un poco de tiempo, pero al final los discrepantes decididos persuadirán al público a que se les dé una justa oportunidad de presentar los datos. Y según se vayan enterando más personas fuera del campo fundamentalista bíblico de cuán profundamente consagrados están los darwinistas a oponerse a todo tipo de teísmo, y de cuán poco apoyo tiene el darwinismo en los datos científicos, es posible que los darwinistas lleguen a desear no haber dejado nunca su santuario.

Referencias : 
  1. El cladismo ha tomado por asalto la ciencia de clasificación biológica en años recientes, y se emplea ahora de manera generalizada en las exhibiciones museísticas y en los libros de texto. Para nuestro actual propósito, el punto a destacar es que los «cladogramas» presentan relaciones entre especies vivas y fósiles, pero nunca relaciones ancestrales. Si se cree que dos especies (como el chimpancé y el hombre) se parecen más entre sí que cualquiera de ellas se parece a cualquier tercera especie, entonces las dos se sitúan de manera adyacente en un cladograma. Nunca se identifica el hipotético antepasado común que se supone es el responsable de la relación. Algunos darwinistas de la vieja escuela creen que el cladismo predispone a la mente a pensar en la evolución como un proceso de repentinas ramificaciones y no como un gradualismo darwinista, y algunos cladistas han dicho que, por lo que a su trabajo respecta, bien se podría abandonar la hipótesis de la descendencia común.
  2. Aunque la acusación de Halstead carecía de base, es un hecho que con frecuencia la ideología política y la biológica están relacionadas. Darwinistas destacados como Richard Lewontin y Stephen Jay Gould, ambos de Harvard, han proclamado con orgullo la inspiración marxista para sus teorías biológicas. Los darwinistas derechistas han relacionado con frecuencia sus teorías biológicas con conceptos de competición económica o racial. En una reunión científica en Alemania Oriental [entonces regida por un gobierno comunista], el filósofo darwinista de la ciencia Michael Ruse observó (con la aprobación de los presentes) que «la biología gotea con tantos deseos/anhelos/aspiraciones/impulsos, con tantas exhortaciones a acciones rectas como un sermón de Lutero o de Wesley».
  3. Probablemente, el mecanismo que este escritor tenía en mente era la selección natural. Pero el Darwin que escribió El linaje del hombre estaba desencantado con la selección natural, casi pidió perdón por darle demasiada importancia en El Origen de las Especies, y recurrió principalmente a la selección sexual (y a otros vagos mecanismos que en la actualidad tendrían poco apoyo de los neodarwinistas) para explicar el origen de los rasgos humanos.
  4. La tabla del citocromo c causó apuro a los autores del Marco cuando se descubrió que contenía errores tipográficos idénticos a los que aparecían en una tabla similar impresa en un libro de texto creacionista titulado Of Pandas and People [De pandas y personas]. Confrontado con esta evidencia, el consultor responsable de las secciones de biología evolucionista del Marco admitió que había copiado la tabla del libro creacionista, invirtiendo el orden de la lista de organismos pero repitiendo los datos literalmente sin comprobar si todo estaba correcto.
Agradecimientos: 
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