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Las Reglas de la Ciencia

Phillip Johnson, Doctor en Jurisprudencia

En 1981, la legislatura estatal de Arkansas aprobó una ley que exigía «un trato equilibrado para la ciencia creacionista y la ciencia evolucionista». Los oponentes pusieron una demanda en el tribunal federal local para que esta ley fuese declarada inconstitucional, y se preparó el escenario para una lucha muy desigual.

La ley de Arkansas era un trabajo de unos activistas poco sofisticados que no tenían idea de cómo conseguir apoyo fuera de su propio estrecho campo fundamentalista. Como resultado, se enfrentaban a una potente coalición de grupos deseosos de defender a la vez la ciencia y la religión liberal en contra de extremistas religiosos. La coalición incluía no sólo a las principales asociaciones de científicos y de educadores, sino también a la Unión Americana de Libertades Civiles y a una impresionante diversidad de personas y organizaciones representando a la Cristiandad y al Judaísmo establecidos.

La coalición consiguió también los servicios de un equipo de primera clase de abogados donados gratuitamente por una de las más grandes y mejores firmas legales de América. Estos especialistas en litigaciones de «grandes causas» sabían como seleccionar y preparar a los líderes religiosos y científicos para que diesen testimonio experto que establecería la ciencia creacionista como un absurdo indigno de cualquier consideración seria. La ciencia ortodoxa ganó el juicio por un enorme margen.

La decisión del Juez William Overton destiló el testimonio de los testigos expertos, especialmente el del darwinista filósofo de la ciencia Michael Ruse, y proveyó una definición de «ciencia» que dejaba bien claro por qué no puede haber nada que pueda considerarse como «ciencia creacionista». El Juez Overton comenzó definiendo la ciencia como todo lo que sea «aceptado por la comunidad científica», significando, naturalmente, la comunidad científica oficial. Esto en si mismo no era muy informativo, pero el juez pasó a especificar cinco rasgos esenciales de la ciencia.

(1) Es guiada por la ley natural;

(2) Tiene que dar sus explicaciones con referencia a la ley natural;

(3) Es susceptible de prueba frente al mundo empírico;

(4) Sus conclusiones son provisionales — es decir, no son necesariamente la palabra final; y

(5) Es falsable.

La ciencia creacionista, según el Juez Overton, no cumple estos criterios, porque apela a lo sobrenatural, y por ello no es susceptible de prueba, falsable ni «da sus explicaciones con referencia a la ley natural». Como ilustración típica de la naturaleza no científica de las pretensiones creacionistas, el juez citó la siguiente declaración del científico creacionista Duane Gish:

No sabemos cómo Dios creó, qué procesos empleó, porque Dios empleó procesos que no están ahora en operación en ninguna parte del universo natural. Por eso nos referimos a la creación divina como Creación Especial. Por investigación científica no podemos descubrir nada acerca de los procesos creativos usados por Dios.

Al mismo tiempo, el Juez Overton negó con indignación la declaración creacionista de que «la creencia en un creador y la aceptación de la teoría científica de la evolución son mutuamente excluyentes», describiendo esta opinión como «ofensiva para las opiniones religiosas de muchas personas».

Los filósofos de la ciencia han encontrado muchas deficiencias en la definición de ciencia por parte del Juez Overton, y han insinuado que Ruse y los otros expertos se salieron con la suya con una tomadura de pelo filosófica. Estos críticos observan que los científicos no son en absoluto «provisionales» acerca de sus creencias básicas, incluyendo su consagración a la evolución. Además, con frecuencia los científicos han estudiado los efectos de un fenómeno (como la gravedad) que no podían explicar por ley natural. Finalmente, los críticos observaron que la ciencia creacionista hace declaraciones totalmente empíricas (una tierra reciente, un diluvio universal, una creación especial) que según dice la ciencia oficial son demostrablemente falsas. ¿Cómo pueden ser las mismas declaraciones demostrablemente falsas y no falsables?

Si la definición Ruse-Overton no dio satisfacción a los filósofos, sí que hizo las delicias de la ciencia oficial. En la importante revista científica Science se sintieron tan entusiasmados que reimprimieron toda la opinión como artículo principal. La opinión recapitulaba la manera en que muchos científicos activos contemplan su empresa, lo que hace de ella un buen punto de inicio para discutir lo que la ciencia incluye y excluye.

No me siento interesado en ningunas declaraciones basadas en una lectura literal de la Biblia, ni comprendo el concepto de creación de manera tan estrecha como Duane Gish. Si existe un Creador omnipotente, podría haber creado todo de manera instantánea en una sola semana, o por medio de una evolución gradual a lo largo de miles de millones de años. Podría haber empleado medios totalmente inaccesibles a la ciencia, o mecanismos que sean al menos comprensibles por medio de la investigación científica.

El punto esencial de la creación no tiene nada que ver con el tiempo empleado ni con el mecanismo que el Creador quiso emplear, sino con el elemento de designio o propósito. En el sentido más amplio, un «creacionista» es sencillamente una persona que cree que el mundo (y especialmente la humanidad) fue diseñado y que existe con un propósito. Con la cuestión definida de esta manera, la cuestión se transforma en: ¿Está opuesta la ciencia oficial a la posibilidad de que el mundo natural fuese diseñado por un Creador con un propósito? Y si es así, ¿sobre qué base?

El Juez Overton fue persuadido de que la «creación» (en el sentido general de designio) es compatible con «evolución» en el sentido científico. En esto estaba equivocado, o más bien fue engañado. Cuando los biólogos evolutivos hablan de «evolución» no se refieren a un proceso que o bien fue guiado o pudo haber sido guiado por un Creador sobrenatural. Se refieren a la evolución naturalista, un proceso puramente materialista carente de dirección y que no refleja ningún propósito consciente. Por ejemplo, así es como George Gaylord Simpson definió «el significado de la evolución»:

Aunque quedan muchos detalles por desentrañar, es ya evidente que todos los fenómenos objetivos de la historia de la vida se pueden explicar por factores puramente naturalistas, o, en un sentido propio de un término del que a veces se abusa, materialistas. Tienen fácil explicación en base de la reproducción diferencial en las poblaciones (el factor principal en la moderna concepción de la selección natural) y de la interacción aleatoria de los procesos conocidos de la herencia.… El hombre es el resultado de un proceso carente de propósito y natural que no le tenía en mente. [Énfasis añadido.]

Debido a que el establecimiento científico ha considerado prudente alentar a una cierta confusión sobre este punto, tengo que enfatizar que el punto de vista de Simpson no era alguna opinión personal extraña a su disciplina científica. Al contrario, estaba sencillamente exponiendo de manera explícita lo que los darwinistas significan por «evolución». Este mismo entendimiento se expresa en incontables libros y artículos, y donde no se expresa se implica de manera generalizada. Que nadie se confunda en eso. En la perspectiva darwinista, que es la postura oficial de la ciencia establecida, Dios no tuvo nada que ver con la evolución.1

La evolución teísta o «guiada» ha de quedar excluida como posibilidad porque los darwinistas identifican ciencia con una doctrina filosófica conocida como naturalismo.2 El naturalismo supone que todo el reino de la naturaleza es un sistema cerrado de causas y efectos materiales que no puede ser influido por nada de «fuera». El naturalismo no niega explícitamente la mera existencia de Dios, pero sí niega que un ser sobrenatural pueda influir de ninguna manera en los acontecimientos naturales, como la evolución, o comunicarse con criaturas reales como nosotros mismos. El naturalismo científico presenta el mismo argumento comenzando con el supuesto de que la ciencia, que sólo estudia lo natural, es nuestro único camino fiable al conocimiento. Un Dios que nunca pueda hacer nada que marque una diferencia, y de quién no podamos tener ningún conocimiento fiable, no tiene importancia para nosotros.

El naturalismo no es algo acerca de lo que los darwinistas puedan permitirse una postura provisional, porque su ciencia se basa en ello. Como hemos visto, no existe ninguna evidencia positiva de que el evolucionismo darwinista pueda producir o haya producido innovaciones biológicas. Los darwinistas saben que el mecanismo mutación-selección puede producir alas, ojos y cerebros no porque se pueda observar que este mecanismo haga nada así, sino porque su filosofía directora les asegura que no hay ningún otro poder disponible para hacer este trabajo. La ausencia de ningún Creador de nuestro cosmos es, así, el punto de partida esencial para el darwinismo.

Los dos primeros elementos de la definición del Juez Overton expresan la consagración de la ciencia al naturalismo. Los tres restantes elementos declaran su consagración al empirismo. Un buen empirista insiste en que las conclusiones han de estar apoyadas por la observación o por la experimentación, y está dispuesto a descartar incluso las doctrinas más veneradas si no se ajustan a la evidencia. A menudo se toman el naturalismo y el empirismo como cosas muy semejantes, pero no lo son. En el caso del darwinismo, estos dos principios fundamentales de la ciencia están en conflicto.

El conflicto surge porque el origen de los seres vivos por evolución darwinista es difícilmente más observable que la creación sobrenatural por Dios. Desde luego, existe la selección natural, pero nadie tiene evidencia de que pueda conseguir nada que se asemeje remotamente a los actos creadores que los darwinistas le atribuyen. El registro fósil, como un todo, testifica que la «evolución» que pueda haberse dado no fue el proceso de cambio gradual en linajes continuos que implica el darwinismo. Como explicación de modificaciones en poblaciones, el darwinismo es una doctrina empírica. Como explicación de cómo se originaron al principio los organismos complejos, es mera filosofía.

Si el empirismo fuese el valor principal en juego, el darwinismo habría quedado limitado hace mucho tiempo a la microevolución, donde no tendría importantes implicaciones teológicas ni filosóficas. Esta limitación no implicaría la aceptación del creacionismo, ni siquiera en base de la definición más amplia del término. Lo que sí implicaría es que el establecimiento científico fue después de 1859 arrastrado por el entusiasmo, y creyó que se había demostrado toda una historia de la creación cuando sólo se habían llenado algunos detalles poco importantes. Si los darwinistas aceptasen la primacía del empirismo, podrían aún abrigar la esperanza de poder encontrar una explicación naturalista para todo, pero por ahora tendrían que admitir que han cometido un gran error.

Pero no se ha dado esta admisión, porque el valor primordial en juego no es el del empirismo. La prioridad más importante es mantener la perspectiva naturalista y con ella el prestigio de la «ciencia» como la fuente de todo conocimiento importante. Sin el darwinismo, el naturalismo científico no tendría una historia de la creación. Una retirada acerca de una cuestión de tanta importancia sería catastrófica para el establecimiento científico, y abriría la puerta a todo tipo de falsos profetas y charlatanes (al menos en opinión de los naturalistas) que intentarían llenar el vacío.

Para impedir un cataclismo así, los defensores del naturalismo han de forzar unas reglas de procedimiento para la ciencia que impidan puntos de vista opuestos. Conseguido esto, el siguiente paso crítico es tratar la «ciencia» como equivalente a la verdad, y lo que no es ciencia como equivalente a la fantasía. Las conclusiones de la ciencia pueden luego ser presentadas de manera engañosa como refutaciones de argumentos cuya consideración quedó en realidad descartada de cualquier consideración ya desde el principio. En tanto que los científicos naturalistas impongan las normas, los críticos que pidan evidencias positivas para el darwinismo no tienen por qué ser tomados en serio. No entienden «cómo opera la ciencia».

No estoy implicando que los científicos naturalistas actúen así con el intento expreso de engañar. Al contrario, están generalmente tan inmersos en sus suposiciones naturalistas que se ciegan a los elementos arbitrarios de su manera de pensar. Como ejemplo, léase cuidadosamente el siguiente pasaje de The Dreams of Reason [Los sueños de la razón], un libro acerca de razonamiento científico, por Heinz Pagels:

Tan poderoso es el método [científico-experimental] que virtualmente todo lo que los científicos saben acerca del mundo natural procede de él. Lo que encuentran es que la arquitectura del universo está verdaderamente construida según unas invisibles reglas universales, lo que yo llamo código cósmico — el código de edificación del Demiurgo.3 Ejemplos de este código universal de edificación son la teoría cuántica y de la relatividad, las leyes de las combinaciones químicas y de la estructura molecular, las reglas que gobiernan la síntesis de las proteínas y la manera en que se hacen los organismos, por nombrar sólo unos pocos. Los científicos, al descubrir este código, están descifrando el mensaje oculto del Demiurgo, los trucos que empleó para crear el universo. Ninguna mente humana podría haber dispuesto un mensaje tan intachablemente coherente, tan extrañamente imaginativo, y a veces directamente genial. ¡Ha de ser obra de una Inteligencia Ajena!
… Para nuestras vidas, carece de importancia si Dios es el mensaje, si escribió el mensaje, o si el mensaje se escribió por sí mismo. Podemos dejar de lado tranquilamente la idea del Demiurgo, porque no hay prueba científica de un Creador del mundo natural, ni prueba de una voluntad ni de un propósito que vaya más allá de las leyes conocidas de la naturaleza. Incluso la realidad de la vida sobre la tierra, que impulsó el irresistible «argumento del designio» acerca de un Creador, puede ser explicada mediante la evolución. Pagels remite a sus lectores a libros de Dawkins y Gould para la evidencia.] De modo que tenemos un mensaje sin remitente.

El primer párrafo de este pasaje nos dice que es tan evidente la presencia de diseño inteligente en el cosmos que incluso un ateo como Pagels no puede dejar de darse cuenta y de extasiarse ante ello, dándole al Creador el nombre de «el Demiurgo». El segundo párrafo manifiesta despreocupadamente que no hay evidencia científica de un Creador. Lo que hace de este pasaje una buena ilustración de la mentalidad del naturalista científico es que Pagels acepta todos los puntos críticos. Lo que parecía ser prueba de un Creador resulta no ser prueba en absoluto, porque la prueba científica de algo que va más allá de las leyes de la naturaleza sería una contradicción lógica. Por otra parte, la prueba de la «evolución» (lo que puede referirse meramente a la microevolución más la existencia de relaciones naturales) excluye automáticamente la posibilidad del designio. La filosofía naturalista controla su mente de manera tan completa que Pagels puede mirar cara a cara a la prueba de un diseño inteligente, describirla como tal, y sin embargo no verla.

La «voluntad del Creador» es un concepto que por lo general se reconoce que se encuentra totalmente fuera del campo de la ciencia natural. Para una mente clara, esto significa que la ciencia no nos puede decir si hay o no una voluntad o propósito trascendente que vaya más allá de las leyes de la ciencia. Para un naturalista científico, sin embargo, «fuera de la ciencia» significa fuera de la realidad.

Por eso los naturalistas científicos pueden decir con buena conciencia en un momento determinado que no tratan ni de Dios ni de religión, e inmediatamente después hacer pronunciamientos demoledores acerca de la carencia de propósito del cosmos. Lo que otras personas comprenden como las limitaciones de la ciencia se retuerce como limitaciones sobre la realidad, porque para los naturalistas científicos es literalmente impensable el concepto de que pueda haber una realidad fuera de la ciencia.

Esta manera de pensar es alentada por la manera en que la ciencia emplea los paradigmas como conceptos organizadores en la conducción de la investigación. Según el famoso modelo de Thomas Kuhn, el progreso de la ciencia es muy parecido a la teoría de Gould y Eldredge de evolución por equilibrio puntuado. Los períodos de estasis, la «ciencia normal» de Kuhn, quedan puntuados por revoluciones en forma de «giros de paradigma», donde una manera de pensar acerca de un tema queda reemplazada por otra. Lo mismo que otras teorías filosóficas, el modelo de Kuhn ha de ser aplicado con cautela. Pero aparte de sus limitaciones como descripción general de la ciencia, nos da una iluminadora imagen de la metodología del darwinismo.

El más importante de los conceptos de Kuhn es el paradigma, que no es una mera teoría o hipótesis, sino una manera de contemplar el mundo que está bajo la influencia del prejuicio cultural así como por la observación y la experiencia científicas. Según Kuhn, «Un elemento aparentemente arbitrario, compuesto de accidentes personales e históricos, es siempre un ingrediente conformador de las creencias adoptadas por una comunidad científica determinada en un tiempo dado». Los científicos, como todos los demás, contemplan la realidad a través del cristal coloreado de ideas y suposiciones que constituyen el paradigma.

Cuando un paradigma queda establecido, sirve como el magno director organizador de la investigación científica. Esto significa que define las cuestiones que han de ser contestadas y los hechos que se han de reunir. En tanto que el paradigma no sea desafiado de manera efectiva, la «ciencia normal» procede desarrollando sus implicaciones teóricas y prácticas y resolviendo los «enigmas» creados por hechos que no parecen ajustarse a las explicaciones del paradigma. La ciencia puede hacer grandes progresos durante estos períodos, porque los científicos comparten un entendimiento común de lo que están tratando de hacer y de cómo debieran tratar de hacerlo, y no se distraen por incertidumbres acerca de las suposiciones básicas. Según Kuhn:

Cuando se examina de cerca, tanto históricamente como en el laboratorio contemporáneo, [la ciencia normal] parece un intento de forzar la naturaleza a la caja preformada y relativamente inflexible que el paradigma provee. Ninguna parte del objetivo de la ciencia normal es conjurar nuevos tipos de fenómenos; lo cierto es que los que no se ajustan a la caja no se ven en absoluto. Tampoco tienen los científicos la intención de inventar nuevas teorías, y a menudo son intolerantes acerca de las teorías inventadas por otros. En lugar de ello, la investigación de la ciencia normal se dirige a la articulación de aquellos fenómenos y teorías que el paradigma ya nos proporciona. [Énfasis añadido.]

Hay enigmas que resultan rebeldes a las soluciones, y gradualmente van acumulándose las «anomalías». Éstas no amenazan al dominio del paradigma en tanto que la investigación proceda de manera satisfactoria en otros respectos. Incluso un paradigma relativamente inadecuado puede definir un campo científico y establecer un programa de investigación, y puede que se precise de largo tiempo para que los científicos se convenzan de que algunos importantes problemas jamás hallarán solución dentro de los conceptos del paradigma existente. Pero tal como lo describe Kuhn, la fervorosa consagración al paradigma produce el éxito de la ciencia normal y lleva a la vez a una inevitable crisis:

La ciencia normal, la actividad en la que la mayoría de los científicos pasan inevitablemente casi todo su tiempo, se predica sobre la suposición de que la comunidad científica sabe cómo es el mundo. Mucha parte del éxito de la empresa deriva de la buena disposición de la comunidad a defender esta suposición, a gran coste si es necesario. La ciencia normal, por ejemplo, suprime a menudo novedades fundamentales porque son necesariamente subversivas de sus compromisos básicos. Sin embargo, mientras estos compromisos retengan un elemento de arbitrariedad, la misma naturaleza de la investigación normal asegura que la novedad no quedará suprimida durante mucho tiempo.

Finalmente, se hace imposible negar que existen problemas que no se pueden resolver dentro de la forma aceptada de contemplar las cosas. En este momento se llega a un estado de «crisis», y la disciplina parece amenazada por una confusión y caos generalizados. La crisis se resuelve con el surgimiento de un nuevo paradigma, y la ciencia normal puede proceder de nuevo hacia adelante con confianza.

Una definición influyente de la ciencia que el modelo de Kuhn puso en tela de juicio fue el criterio de la «falsabilidad» del filósofo Karl Popper, que sin embargo volvió a aparecer como un elemento en la definición del Juez Overton. Popper pensaba que una teoría o hipótesis era científica sólo hasta allí donde pudiese ser en principio capaz de ser refutada, o falsada, por medio de pruebas empíricas. El problema con este criterio es que es imposible poner a prueba aisladamente cada proposición científica importante. Se tienen que hacer suposiciones de fondo para poder poner a prueba enunciados detallados. El paradigma está constituido por las suposiciones de fondo que definen la actual visión científica del mundo.

Un paradigma no es meramente una hipótesis que pueda ser descartada si falla una sola prueba experimental; es una forma de ver el mundo, o una parte del mismo, y los científicos comprenden incluso las anomalías en términos del mismo. Según Kuhn, las anomalías, por sí mismas, nunca falsan un paradigma, porque sus defensores pueden recurrir a hipótesis ad hoc para acomodar cualquier evidencia potencialmente refutadora. Un paradigma reina hasta que es reemplazado por otro, porque «rechazar un paradigma sin sustituirlo por otro es rechazar la ciencia misma». La sentencia contra «la argumentación negativa» que invocó la Academia Nacional de las Ciencias en el Tribunal Supremo fue una aplicación de esta lógica.

Cuando surge un nuevo paradigma, hace algo más que explicar las anomalías: reorienta la perspectiva científica con tanta intensidad que las anteriores anomalías pueden ya no parecer meros hechos sino virtuales tautologías, declaraciones de situaciones que sería inconcebible que fuesen de otra manera. Por ello, no es tan excepcional como puede haber parecido que distinguidos científicos hayan elogiado la teoría de Darwin como una profunda tautología, o que hayan declarado que es una proposición lógicamente evidente por sí misma y que no precisa de confirmación empírica. Una tautología o inevitabilidad lógica es precisamente lo que les parece la teoría a ellos: describe una situación que sería inconcebible que fuese de otra manera. Desde esta perspectiva, una prueba «refutadora» es algo profundamente desagradable.

Kuhn describió la evidencia experimental mostrando que las personas ordinarias tienden a ver aquello que se les ha instruido que vean, y dejan de ver lo que saben que no tendría que estar ahí. Y los mejores científicos no son una excepción; al contrario: por cuanto dependen de inferencias y de observaciones difíciles de hacer, son particularmente susceptibles a los fallos de percepción condicionados por el paradigma.

Kuhn citó ejemplos de fenómenos celestiales visibles que no fueron «vistos» hasta que el nuevo paradigma astronómico de Copérnico legitimó su existencia. Si Kuhn hubiese escogido la biología evolutiva como un caso a estudiar, habría corrido el riesgo de ser denunciado como creacionista. Como vimos en el Capítulo Cuatro, el patrón generalizado de estasis en el registro fósil no fue reconocido durante largo tiempo porque para los darwinistas no valía la pena reconocerlo en letras de molde. El problema de la visión con anteojeras no es algo que podamos esperar que se desvanezca con una mayor sofisticación de la ciencia. Al contrario, al quedar más y más la financiación esencial bajo el control gubernamental centralizado, los investigadores no tienen más alternativa que concentrarse en la agenda establecida por el paradigma.

Un nuevo paradigma no propone meramente diferentes respuestas a las preguntas que los científicos han estado haciendo, ni meramente explica los hechos de manera diferente: sugiere preguntas totalmente diferentes y diferentes posibilidades factuales. Por esta razón, los paradigmas en oposición son hasta cierto punto «inconmensurables», en el sentido de que sus respectivos partidarios encuentran difícil comunicarse entre sí. La perspicacia de Kuhn a este respecto es particularmente cierta cuando el paradigma no es una teoría científica específica, sino una amplia perspectiva filosófica.

Para citar un ejemplo de mi experiencia personal, de nada vale discutir con un naturalista científico acerca de si la teoría neodarwinista de la evolución es verdad. La contestación será probablemente que el neodarwinismo es la mejor explicación científica que tenemos, y que esto significa que es nuestra mejor aproximación a la verdad. Los naturalistas concederán generalmente que cualquier teoría puede ser mejorada, y que nuestro entendimiento de la evolución naturalista puede ser algún día mucho mejor que ahora. En cambio, poner en duda que la evolución naturalista misma sea «verdad» es hablar sin sentido. La evolución naturalista es la única explicación concebible de la vida, y por ello el hecho de la existencia de la vida demuestra que es verdad.

Es fácil ver por qué el naturalismo científico es una filosofía atractiva para los científicos. Da a la ciencia un virtual monopolio sobre la producción de conocimiento, y asegura a los científicos que no hay ninguna cuestión importante que en principio quede más allá de la investigación científica. Pero la cuestión capital es si esta perspectiva filosófica es meramente un comprensible prejuicio profesional o si es la manera objetivamente válida de comprender el mundo. Esta es la cuestión real detrás del empuje por hacer de la evolución naturalista un principio fundamental de la sociedad, al que todos tienen que ser convertidos.

Si el naturalismo científico ha de ocupar una posición cultural dominante, tiene que hacer algo más que proporcionar información acerca del universo físico. Ha de exteriorizar las implicaciones espirituales y éticas de su historia de la creación. En suma, la evolución se ha de transformar en una religión. En los siguientes capítulos veremos como se ha conseguido llevar esto a cabo.

Referencias : 
  1. Un segundo pasaje del libro de Simpson The Meaning of Evolution clarifica la relación entre el naturalismo y el ateísmo. Los naturalistas científicos no están necesariamente opuestos a «la existencia de Dios», siempre que Dios sea definido como una Primera Causa inalcanzable y no como un Creador que actúa de manera activa en la naturaleza ni en los asuntos humanos. En palabras de Simpson:

    No hay necesidad ni excusas para postular una intervención no material en el origen de la vida, el surgimiento del hombre o ninguna otra parte de la larga historia del cosmos material. Pero el origen de este cosmos y los principios causales de su historia quedan sin explicación e inaccesibles a la ciencia. Aquí está escondida la Primera Causa buscada por la teología y la filosofía. La Primera Causa no es conocida, y sospecho que nunca será conocida para el hombre viviente. Podemos, si así lo queremos, adorarla a nuestra propia manera, pero desde luego no la comprendemos.

  2. En la literatura se ha empleado una variedad de términos para designar la postura filosófica que yo designo como naturalismo científico. Para los propósitos que nos ocupan, los términos que siguen pueden ser todos considerados como equivalentes: naturalismo científico, naturalismo evolucionista, materialismo científico, y cientificismo. Todos estos términos implican que la investigación científica es o bien el camino exclusivo al conocimiento, o al menos de lejos el camino más fiable, y que sólo los fenómenos naturales o materiales son reales. En otras palabras, aquello que la ciencia no puede estudiar es efectivamente irreal.
  3. «Demiurgo» es un término derivado de la filosofía griega y de la herejía gnóstica del cristianismo primitivo. Los gnósticos consideraban la materia como algo malo, y pensaban que Dios no la habría creado, y por ello atribuían el mundo material al demiurgo, una deidad inferior que en ocasiones identificaban con el Dios del Antiguo Testamento.
Agradecimientos: 

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