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El Origen del Hombre

El Hombre Mono

Charles Darwin fue el naturalista inglés que desde hace apenas unos 150 años, popularizó la teoría de la evolución de las especies por selección natural, proveyendo una alternativa humanista y materialista de pensamiento sobre los orígenes de la vida, y proponiendo que todo fue hecho por obra y gracia de la casualidad, y por la “sabia naturaleza.”

Por tanto, a pesar de la abrumadora evidencia de que el universo, la Tierra, y los seres vivos son producto de un extraordinariamente complejo diseño con propósito, función, simetría, belleza, etc., gran porcentaje de los científicos actuales, y una minoría de la población general, creen innecesaria la existencia de un Creador y Diseñador inteligente.

Las teorías asociadas con la evolución, enseñan que la nada, un día espontáneamente, se convirtió en materia, y que las moléculas inertes, por sucesos al azar, se convirtieron en la primera bacteria, quien a la vez, por pura casualidad, y cambios evolutivos sin propósito, dirección, control, ni fin, se convirtió gradualmente en plantas, animales, y humanos.

La Eva Mitocondrial

Estudios de Filogenia (Parentesco) molecular de los últimos 15 años, concluyeron que el ADN mitocondrial heredado exclusivamente por la madre (sin mezclarse con el del varón, como lo hace el ADN nuclear), comprueba que todos los seres humanos descienden de una sola y primer mujer llamada por ellos, “La Eva mitocondrial.”

The American Journal of Human Genetics, Junio 2009.

H. T. Band, y más recientemente A. Kondrashov y M. Kimura, confirmaron que las mutaciones dañinas mínimas adquiridas y heredadas en el ADN, se acumulan a través de las generaciones, sentenciando a todos los seres vivos a la eventual extinción. A esto H. J. Muller le llamó la carga genética o mutacional.

Christopher Wills, Genetic Load, Scientific American, Marzo 1970, p.98.

Evolución: Los Genes dicen "No"

Antonio Cruz, Doctor en Biología

El transformismo ha defendido siempre la idea de que el cerebro humano no es más que otro resultado de la evolución.

El alma del hombre no sería la cima perfecta de la Creación, sino sólo una desviación evolutiva poco perfecta del estúpido cerebro de un mono.

Sampedro lo expresa así:

“la inteligencia humana nos puede parecer cualitativamente distinta de la de cualquier otro animal, pero nada impide tratarla biológicamente como el último eslabón de un continuo histórico. La razón del salto cualitativo que apreciamos hoy entre los humanos y los monos es, simplemente, que las formas intermedias de la evolución del cerebro se han extinguido.”

(Sampedro, Deconstruyendo a Darwin, 2002: 161)

El Truco Darwinista de los Genes Saltarines

Antonio Cruz, Doctor en Biología

En los genomas (o conjunto de genes) de los seres humanos así como también en los de determinadas especies de monos se han encontrado elementos genéticos móviles.

¿Qué son estos elementos genéticos móviles?

Pues pequeños trozos de material genético (ADN) capaces de transferirse de manera horizontal desde un cromosoma a otro del mismo individuo, desde un organismo a otro de la misma especie o incluso desde una especie a otra completamente diferente. Estos singulares genes saltarines pueden realizar sus acrobacias por medio de distintos mecanismos que se conocen en biología mediante los términos de conjugación, transformación, infección viral, transducción y transposición.

¿En qué sentido pueden los elementos móviles ser relevantes para el tema del origen de los seres vivos, y en particular del ser humano?

El evolucionismo afirma que si en dos genomas de especies distintas, como puede ser el del hombre y el de cualquier simio, aparecen tales inserciones de genes víricos saltarines en posiciones equivalentes, esto sería una evidencia clara de que ambas especies descienden de un antepasado común, un hipotético simio ancestral que habría sufrido la inserción vírica y la habría traspasado a todos sus descendientes. Entre ellos, el propio ser humano.

Eugenesia

Antonio Cruz, Doctor en Biología

Los estudiosos atávicos de la llamada “historia natural” que confeccionaban inacabables herbarios, adornaban las paredes de sus hogares con bellas colecciones de mariposas o se dedicaban a disecar aves exóticas, se colocaron asépticos uniformes blancos y, desde sus modernos laboratorios, empezaron a conmocionar al mundo, hurgando en las mismísimas entrañas de la vida.

La biología ya no fue nunca más lo que era. De los inofensivos estudios de la naturaleza de antaño se pasó a la moderna ciencia de la vida, cargada de retos, promesas, tentaciones y también problemas éticos.

Uno de los primeros tumores malignos que se desarrolló en el corazón de la biología, en la misma ciencia de la genética, fue sin duda el de la eugenesia. Literalmente la palabra significa “buen origen”, “buena herencia”, “de buena raza” o “buen linaje” y su creación se debe al inglés Francis Galton en el año 1883. Sin embargo, él la definió como

“la ciencia que trata de todos los influjos que mejoran las cualidades innatas de una raza; por tanto, de aquellas que desarrollan las cualidades de forma más ventajosa”

(López, E., Ética y vida, San Pablo, Madrid, 1997: 113)

El cromosoma 2 — ¿prueba de descendencia común?

Jonathan M.

 Recientemente adquirí y leí el libro relativamente reciente de Daniel Fairbanks (febrero de 2010), Relics of Eden — The Powerful Evidence of Evolution in Human DNA. [Reliquias del Edén — la contundente prueba de evolución en el ADN humano].

Hubo un tiempo en que yo mismo me hubiera sentido convencido por muchos de los argumentos en favor de la descendencia común que se articulan en este libro. Siempre me he sentido escéptico, en gran medida, acerca de la proposición de la eficacia causal sin límites que se atribuye a menudo de forma tan despreocupada a la síntesis neodarwinista. Pero hubo un tiempo en que hubiera favorecido con energía un paradigma consistente con una descendencia común.

Pero más recientemente he estado ahondando en la literatura científica, y esto me ha dado razón para precaverme contra estas formas de argumentación, por convincentes que puedan parecer inicialmente a los que no conocen la materia. Como suele ser el caso de muchos escritores populares sobre ciencia, Fairbanks escribe de forma atractiva, y es un comunicador sumamente efectivo para los lectores no especialistas.

La Supervivencia de los Más Falsos

Jonathan Wells, Doctor en Biología Molecular y Celular

 Si durante mis años de estudio de ciencia en Berkeley alguien me hubiera preguntado si creía lo que leía en mis libros de texto científicos, hubiera respondido de una forma muy similar a cualquiera de mis compañeros de estudios; me hubiera sentido perplejo de que siquiera se me hiciese una pregunta así. Naturalmente, uno podría encontrar pequeños errores, erratas y cosas así. Y la ciencia está siempre descubriendo cosas nuevas. Pero yo creía —lo tenía como un supuesto— que mis libros de texto científicos contenían el mejor conocimiento científico disponible en aquel tiempo. Sólo fue cuando acababa mi doctorado en biología celular y del desarrollo que me di cuenta de lo que al principio consideré como una extraña anomalía.

El libro de texto que yo usaba presentaba de forma destacada unos dibujos de embriones de vertebrados —peces, gallinas, seres humanos, etc.— cuyas semejanzas se presentaban como evidencia de descendencia desde un antecesor común. Desde luego, los dibujos parecían muy semejantes. Pero yo había estado estudiando embriones durante algún tiempo, examinándolos al microscopio. Y me di cuenta de que los dibujos estaban sencillamente equivocados.

La similitud del ADN humano/chimpancé se desvanece al contar con los indeles

C. Warren Nelson

 Convencionalmente se sostiene que los humanos  y los chimpancés nos diferenciamos muy poco en nuestro ADN.  Sin embargo, hay nuevas pruebas que sugieren que las diferencias podrían ser mucho más drásticas. Las mutaciones que causan inserciones y supresiones en el ADN son las que producen la diferencia genética entre las dos especies, pero éstas normalmente no se incluyen en las estimaciones de la diversidad. 

Además, hay zonas con grandes similitudes que se ven a menudo afectadas por restricciones selectivas. Cada vez se encuentran más funciones para el llamado ADN “basura” lo que indica que las similitudes en este tipo de ADN no son necesariamente la consecuencia de una ascendencia común.

Futuras investigaciones ayudarán a comprender estos datos tan importantes en el debate sobre los orígenes.

Humanos: Imágenes de Dios o Monos Desarrollados

Jonathan Sarfati, Doctor en Química

Los humanos son muy diferentes de los animales, especialmente en su capacidad para usar el lenguaje y el razonamiento.

En la página 83 del libro Enseñando la Evolución y la Naturaleza de la Ciencia se destacan varias diferencias entre los humanos y los monos. Pero Enseñando la Evolución adoctrina a los lectores inculcándoles la idea de que los humanos han descendido de una simple célula a través de ancestros similares a los monos. Los argumentos utilizados se basan en los supuestos hombres-mono y en las similitudes en el ADN.

En este artículo se analiza el registro fósil, y también la gran diferencia a nivel de contenido de la información genética entre los simios y los seres humanos.

El fósil de hombre-mono más conocido es el extinto australopitecos (que significa ‘mono del sur’). En la página 20 del libro Enseñando la evolución se muestra una serie de cinco cráneos: Australopitecos afarensis ("Lucy"), A. africanus, Homo primitivo, H. erectus y H. sapiens (hombre moderno). Sin embargo, muchos evolucionistas no están de acuerdo con esta perspectiva. Por ejemplo, Donald Johanson, el descubridor de "Lucy", sitúa A. africanus en una rama lateral que no conduce al hombre.

El Origen del Lenguaje

Antonio Cruz, Doctor en Biología

Con el origen del lenguaje ocurre lo mismo que con el de los genes Hox, se trata de un acontecimiento único ocurrido una sola vez en la historia de este mundo y sin evidencias de que se haya producido por evolución como se creía hasta ahora.

El debate en torno a este tema oscilaba hasta el presente entre dos posturas principales. De una parte, las ideas de la escuela psicológica conductista, representadas por Burrhus Skinner, que aceptaban la evolución y transformación lenta de los gruñidos en palabras, y por la otra las hipótesis del lingüista norteamericano, Avram Noam Chomsky. Éste afirmaba que los seres humanos nacemos ya con un dispositivo cerebral innato y especializado que nos permite aprender el idioma materno en la más tierna infancia casi de forma automática con sólo oír frases sueltas en el seno familiar. Por su parte, Skinner, rechazaba tales creencias señalando que las personas al nacer poseen un cerebro que es como una tabula rasa y que poco a poco se va desarrollando mediante la imitación, los hábitos y el aprendizaje.

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